viernes, 3 de octubre de 2014

¿Sólo por un zapato?


Estaba desconcertado; aún no recuperaba la noción del tiempo que había perdido hace algunos instantes y sentía una fuerte presión en la base de la nuca. Emanaba un incipiente dolor punzante de mi rodilla derecha. Me invadió la necesidad de dirigir mi vista a la derecha y, luego, a la izquierda para poder identificar un punto de referencia que me indicara mi ubicación. Logré ver el cielo nocturno sobre automóviles en curso, semáforos descompuestos, luces de neón y negocios varios: Una panadería, dos puestos de periódicos y las clásicas “tienditas”. Me pareció extraño tomar consciencia de todo lo anterior estando sentado sobre un pequeño banco de madera dentro de un puesto de dulces cerca de un cruce de avenidas. Todo cobró una consistencia homogénea en el momento en que el dueño del puesto en donde yo descansaba se me acercó y me preguntó — ¿Ya se siente mejor, joven? — Mi rostro reflejaba extrañeza (aunque no tenía un espejo frente sabía que mis facciones emitían un sentir de rareza absoluta hacia la cuestión) y, a pesar de no encontrarle inmediatamente sentido al comentario de aquel señor, sólo me incliné por responder afirmativamente asintiendo la cabeza. La benevolencia del comerciante lo orilló a sugerirme que llamara por teléfono a algún familiar, especialmente a mis padres, para explicarle lo sucedido. Ante esto, sólo esperé unos minutos para llevar a acabo dicha sugerencia y, una vez realizada, guardé mi teléfono en el pequeño bolsillo de mi camisa. Después de una pequeña plática opté por agradecerle sus atenciones y marcharme camino a casa.
Cuando logré dar cuenta de mi ubicación y dispuesto a partir, contemplé dos opciones para llegar a casa: El “Metro” y el “Metrobús”. Sabía que en mi condición y en mi confusión casi total, abordar el “Metro” a esas horas de la noche era prácticamente un acto suicida. El ajetreo de las personas, el calor infernal y las frustraciones generadas por las altas deficiencias del trasporte acabarían por joder a cabalidad mi estado físico y anímico actual. No tuve más opción que abordar el “Metrobús”.
Recargué con seis pesos mi tarjeta para poder ingresar al trasporte y, una vez dentro, esperé la llegada del mismo. Junto conmigo muchas personas también esperaban el autobús y dado eso, no pude abordarlo hasta después de haber dejado pasar dos camiones. Justamente, a la llegada del tercer autobús —Al número tres se le suelen atribuyen propiedades mágicas, místicas y esotéricas ¿curioso, no? —, desde que yo estaba ahí, pude cruzar sus puertas y acomodarme en la parte de atrás para no estorbarle a nadie, ni de enfrente, ni de atrás, ni de los lados. Me coloqué los audífonos en los oídos, pulse “play” en el reproductor que escondía en el bolsillo izquierdo del pantalón y pasados diez minutos de viaje, mientras sonaban unas rimas de Lírico, me percaté de que la chica que estaba parada a mi costado y el amigo con el que venía platicando comenzaron a buscar algo que al parecer se le había caído de su pequeña existencia femenina. Ante tanto movimiento me quité los audífonos y moví mi mochila para que ella pudiera buscar su objeto de una manera más cómoda. Sin más, se agachó e hincada sobre sus rodillas, pude ver que metió su brazo en una ranura entre la salida de emergencia del trasporte y el piso del mismo. No pude evitar oír su distintiva voz comentando que no lograba alcanzar aquello que se le había caído. Yo, como buen partidario del deber ser y del imperativo categórico, además, sabiendo que mis características corporales me podían permitir alcanzar su objeto dada la longitud de mis brazos, no dudé en dirigirme hacia ella para expresarle que tal vez yo sí podría devolverle su objeto de la ranura donde había caído. Ella sonrió y accedió a dejarme sacarlo, pero no titubeó en mencionarme que aquello que había perdido era su pequeño zapato. Me agaché y traté de sacarlo, pero como no pude conseguirlo no tuve más opción que levantarme para decirle apenado que mi intento fue insuficiente. Para mala fortuna mía (al menos eso creí en ese instante), al momento de erguirme, mi viejo teléfono salió violentamente de mi bolsillo y, como si hubiese sido guiado, cayó exactamente donde ella había perdido su zapato.
El incidente había generado una serie de risas que parecía no iban a terminar en varios cuartos de hora. Ella me pidió disculpas, pues, pensaba, era su culpa que mi aparato cayera. Desde luego, comenté negativamente —No fue tu culpa, fue error mío. Al final no pude alcanzarlo—. Consecuentemente, comenzamos a platicar. Supe su nombre, ella supo el mío. —Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM— respondí cuando me preguntó si estudiaba. Pregunté lo mismo, pero ella, a diferencia de mí, contestó con su pequeña voz —Yo trabajo en el Museo Nacional de Antropología; soy técnica en Restauración—. Seguro ella esperaba mi rostro de sorpresa y si no, de todos modos no pude ocultarlo; ¡jamás había conocido a una Restauradora!
Avanzado el diálogo pude profundizar un poco en sus preferencias. Al parecer ambos cuadrábamos en nuestro gusto por el arte. Se me escapó, dada la diversión de la plática porque aún se oían risas, decirle que la Filosofía del arte, la Estética y la Filosofía de la historia me estaban persuadiendo de ser objeto de toda mi investigación filosófica, lo cual (al menos me gusta creer) le “cautivó” de alguna manera. Cuando pensé que no podríamos tener más puntos en común, se le ocurrió preguntarme cómo fue que obtuve un lugar en la “Máxima casa de estudios”. Tuve que responder necesariamente, dada mi honestidad, que lo hice mediante el “Pase reglamentado” que había ganado por ingresar (y mantener mi promedio) a mi preparatoria: La Escuela Nacional Preparatoria #2. Ella, asemejándose a mí, se sorprendió y exclamó — ¡Yo también iba en esa escuela! —. Fue notable mi emoción al escuchar eso y con esa misma pasión siguió la plática durante todo el trayecto hasta llegar a la terminal del trasporte.
Al llegar al final de la ruta, el amigo de ella acudió al conductor para comentarle nuestro percance de las estaciones pasadas y así poder recuperar nuestras pertenencias. Una vez recuperados los objetos, salimos del autobús y, aún dentro de la estación, nos despedimos de su amable compañero para seguir el camino que ambos debíamos tomar para llegar a la avenida consecuente. Durante la breve caminata me fue imposible contener mi impulso sumamente pasional de saber su número telefónico; ¡Tenía que contactarla para verla de nuevo!
Obtuve sus datos, ella obtuvo los míos, pero más que eso, obtuvo mi atención. Cada cual tomó su camino y aunque ambos dijimos “Adiós”, yo estaba seguro que sólo era un “Te veré pronto”. Un beso en la mejilla y no he podido olvidar el olor de su delicado cuello. Algunas miradas y no he podido olvidar la viveza de sus ojos. Muchas palabras y no he podido olvidar la finura de su boca.
Un desmayo, un zapato, un “gracias”, un “adiós”  y sigo creyendo fervientemente que las coincidencias no existen.
Estoy siendo diferente, ¿Sólo por un zapato?
¿Y si a ella jamás se le hubiese caído su zapato?
¿Y si…? 

Diego A. Moctezuma


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