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viernes, 14 de julio de 2017

Catana

Se me subió la muerte a la espalda e hizo mis miembros de trapo
Me dio dos ojos nuevos que no tenía
Aunque ya sabía de aquella sensación
De ese agujero entre el nacimiento y la muerte
Como un final absoluto, estúpido e irremediable.

No hay nada tan superficial ni tan grave como el deseo
Y el deseo también trae tumba
Divide el alma como a un cuerpo una catana
Y nadie te salva de la contradicción que anidaste
En el pasado, en el momento exacto
De mirar al techo en un espacio desconocido

Con mucha oscuridad y una canción extraña de fondo
O viéndote al espejo en posiciones inusuales
Mirando tus hoyos

Es imposible no pensar en la tristeza de lo oscuro
En la vacuidad de los sueños de la infancia
De las ilusiones de la pubertad
Quién podría sanar esos pensamientos malsanos
Hacia dónde va la sangre
Las lágrimas no se pueden guardar en un bote

Ya no son lágrimas, sólo agua con sal


Valencia

jueves, 18 de mayo de 2017

Abuela

Abuela, tú no te quedaste en esta tumba.

Te quedaste sentadita en tu cama, trabajando en tu cocina,
con una voz en mis llamadas, en el altar a tu madre.

Regando tus plantas, en el regocijo de que dieran fruto.

No te quedaste aquí, en la tierra.


Valencia.

Puedo jurar que aquí arriba siento la brisa del tren

Puedo jurar que aquí siento la brisa del tren
que enmudece las voces como arriba lo hacen los autos y
cada vez hay menos espacio para los brazos.

Pienso en la ciudad como rincones, venas y cuevas
que contienen a un montón de bichos insignificantes
que se roban el pan en cuanto se dan la media vuelta,
donde los prietos siguen siendo los feos y
cien vidas valen menos que dos boutiques.

Juro que puedo sentir la brisa del tren.


Valencia

martes, 17 de enero de 2017

Vientre

Al darme a luz
mi madre trazó un círculo perfecto,
mi padre elevó una bóveda que llenó el espacio de verde
y lo de afuera no importó.

Fue gracia y maldición al mismo tiempo,
fue mi luz y la sombra infame que se alza por fuera.

Quedé impedida de lo externo,
la felicidad condenada a un cuarto de dos por dos.

A algunas palabras, algunas personas.

Por siempre tendría que tomar la luz de soles
de otras galaxias

Y el teléfono sólo devolvería mi propia voz.

domingo, 23 de octubre de 2016

Metro

Ella tenía el cabello castaño, muy fino y largo. Su piel, blanca y amarilla a la vez, estaba rematada por un tatuaje oblongo. Sus ojos eran grandes y rasgados, exagerados con una gruesa línea negra sobre los párpados.

Una amplia boca entreabierta. Flaca, chaparra. Seguía viéndose pequeña a pesar de las botas de plataforma. La nariz espantosa, prominente.

La deseé cuando la vi dormida. Parecía una niña o una estúpida, un tanto de ambas cosas, como todo mundo cuando va cabeceando en el metro. Me gustaron sus orejas pequeñas, con un piercing en el lóbulo.

Cuando se levantó pude ver sus piernas delgadas como hilachos. Se fue, bonita y encorvada, mientras en el otro carril un tipo bailaba tap más allá de la línea amarilla.

Valencia

martes, 2 de agosto de 2016

I. Sentimientos al salir de la ducha.

       No es el roce de los jeans, no es la suciedad del piso. No es el cabello húmedo dentro de la toalla, aunque quizá es predominantemente eso. No es la carne blanda y desnuda, ni los oídos rebosantes de agua. Es un asco a todo y a nada, es ver lo que para otros es profundo y grave como una serie de fondos grises y superficies planas interminables.

       Es la gran indiferencia aún frente a mis pasiones, frente a mis seres queridos, frente a Todos, a quienes quiero amar y proteger. Es decir y moverme de lo dicho: tomar distancia frente a mí misma. Es sentir que habito un cuerpo, el cual me importa y no. Me muevo en él pero bien podría hacerlo en un cesto de basura. Suceden cosas, pero están tan lejos...Sé que no soy la única a quien le pasa y eso me da igual. Aunque también me consuela. 

Porque para mí ser infeliz es el vacío que se siente a la mañana siguiente de haber llorado intensamente, que mi propia Frustración y mi propio Dolor me son tan ajenos. Eso es la auténtica infelicidad. Aunque pueda acercarme a mí misma, llegar a creer que mi situación es verdadera y representa algo, siempre termino oscilando en una masa confusa. 


Valencia.


domingo, 14 de febrero de 2016

Noviembre

Uno siempre acaba volviendo a los lugares donde la vida se reprodujo. Lugares comunes, donde conviven la soledad y los otros.

Es noviembre. Noviembre, diciembre y enero son meses rarísimos. El cielo es azul claro; el Sol, más lejano que nunca, pequeño y blanco. A pesar de eso, a veces es abrasador. Siempre termina por producirme tristeza ese viento bajo que se cuela en el cuerpo. Todo es tan perfecto...nada mata más que la belleza.

Mientras observo, mis emociones son como escupitajos. Es imposible sentir algo cierto, tengo la impresión de un sentimiento más vivo, que hace unos años se intensificaba por estas fechas y me comprimía los pulmones. Era una tristeza honda y delgada, que no se iba mas que disipaba. Ya no estoy tan segura de sentirla, creo que es sólo un recuerdo.

Aunque viendo el pasto brillante, el cielo claro, la ausencia de voces...creo que esa tristeza no se ha ido. Sigue aguardando.

sábado, 28 de febrero de 2015

Al señor terapeuta

No sé si me puedas ayudar. Ves a unas cinco, diez o quince personas a la vez, todas chillando por su pasado, su presente o su carencia de futuro.

Yo soy alguien más que no encuentra su lugar en el mundo, que siente que algo es sus raíces está torcido. A la vez, creo que todo me lo invento, que he leído demasiado. Porque una cosa es tener recuerdos desgraciados y otra es que realmente hayan sucedido. ¿Es así?
Me pregunto si sabrás ayudarme. Poco importa la técnica que utilices, eso es sólo una escalera hacia lo profundo de mi mente. Lo que importa es lo que encuentres ahí: ¿será algo viscoso, putrefacto o simplemente hallarás el vacío? Tal vez ni siquiera sirve tu escalera y sólo encontremos un muro infranqueable entre lo que soy, lo que creo ser y lo que tú ves en mí.
¿Podrás ayudarme a tirar del hilo que desenredará todo? ¿Serás capaz de llegar al cabo de la madeja por mí y ayudarme a tirar de ella como si fuera un espagueti enorme, tanto que daría diez veces la vuelta al mundo? Espero que sí. Porque la línea que traza lo real y lo irreal es también una mera categoría práctica y estoy aquí, asumiéndolo todo como viviente en mí. También aquí estoy mintiendo, obviamente distingo lo real, no me he tomado una taza de cianuro sólo para comprobar. 
A lo que me refiero, aproximadamente, es que estoy dando rodeos circulares, como en torno del sombrero de mago que oculta algo. Presiento que hay algo debajo, un conejo medio vivo que jadea sin cesar. Un montón de piedras o un puñado de palabras feas. Tiendo a pensar que no será así, pero cabe la posibilidad de que debajo del sombrero no haya nada, como ya dije. Quizá yo lo puse deliberadamente ahí sólo porque me gusta dar de vueltas en vez de ir en línea recta. Quizá es más divertido.

No importa. Quiero que me esculques y palpes la consistencia de mi cerebro, que golpetees la carnosidad de mi corazón. Decididamente, ha llegado el momento de quitarle su secreto al mago.

Valencia.

viernes, 27 de febrero de 2015

Para I

Me da risa cómo suenan tus zapatos cuando me llamas mientras caminas por la calle. Tac tac tac tac. Ritmo acompasado, parece que deseas que el mundo lleve el mismo ritmo que tus pisadas de charol.

Hace unos días hablábamos de tomar una posición en la vida. Que cualquier cosa humana invariablemente es absurda, que todo conlleva contradicción y lo único que nos salva de ella es la muerte.
Claro que la muerte puede ser accidental procurada. Tenemos ambas veinti pocos. Es poco probable que muramos pronto por causas naturales. Enuestro caso, la muerte salvadora del desgarro de lo viviente tendría que ser del segundo tipo. Eso conlleva un coraje excepcional. Una auténtica toma de decisión. Me da risa (más que el ruido de tus tacones tac tac tac) que las personas dejen escapar un ¡cobarde! enombre del suicida. Quizá es cobarde por el escape pero tiene más agallas que nadie por la decisión. Hay quienes no pueden decidir entre un chocolate y un helado.
Entonces, hablábamos del suicidio. Para una de las dos (tendemos a tomar posiciones arbitrariamente opuestas enuestras conversaciones, no sé si en serio o por la diversión de rebatirnos) era realmente una opción; no importa si esa persona era L o I, podría ser cualquiera. La una le decía a la otra que lo humano es contradicción pero también más que eso. Es una complementariedad, que en cierta (retorcida) forma, el asceta y el hombre de ciencia son una escalera y un paraje hacia la misma cosa.
Que aquello que se presenta como absolutamente azaroso en realidad está puesto en un sentido y que eso no está mal. Que para existir debemos transformar lo carente de dirección en algo dirigido.
Mas la otra poco escuchaba. Estaba vacía de sentimiento a fuerza de embotarse de ello. Está acostumbrada a vagar por las cosas apenas rozándolas. Involucrarse no le parece que tenga sentido, es de niñatos. 

Sea como fuere la conversación, la hemos repetido de muchas formas. Siempre hay una que cree que quedará loca y la otra le recuerda lo exagerada que es y que eso no pasará jamás. Aunque, los más de los casos, ambas nos contagiamos el miedo a perdernos a nosotras mismas.
El punto es que cuando pienso en abandonarme me causa cierta angustia. Aunque más me entristece pensar en el abandono de alguien a quien quiero. Que desearas poner fin a tus incoherencias y, de paso, me dejaras unas cuantas más a mí. Suena egoísta, pero no puedo tener experiencia de ti más que a través de mí misma.
La órbita de la Tierra se mantendría, el nivel de los mares sería igual. El mundo financiero permanecería y los obreros saldrían todas las mañanas a trabajar. Mas dentro de mí algo se quebraría, con seguridad. Una corriente detendría su curso y, aunque el mundo no lo notase, mi experiencia de él se movería radicalmente. En ese sentido, este mundo no sería el mismo. 

Valencia.

Permanecer

Quiero permanecer en este mundo. 
A pesar de la fina capa de polvo,
del olor intoxicante de lo real.
De la mierda y las altas aspiraciones.
En el mundo de lo abstruso y lo sublime, de lo simple y lo abyecto.
En la inherente contradicción de lo que es ser humano.
De lo simple por perfecto y lo perfecto por ser simple, que se vuelve complicado en relación con los demás.
A pesar de mi esfuerzo de vivir sofocado por mis deseos de morir. Morir es la salvación a la contradicción. 
Pero quiero estar en el mundo. Panorama de luz y sombra, tinieblas intermedias entre lo que soy y lo que eres tú. Pero quiero permanecer, por que sólo aquí estás tú.

Valencia.

sábado, 31 de enero de 2015

Arbitrariedad.

La noche desdibuja lo que soy: masa informe disuelta, desvanecida. En el oscuro momento, los límites se desdibujan, mi carne se expande alrededor indefinidamente. Disolución.

Porque aparecer en el mundo, existir, es una coyuntura. Para movernos, necesitamos de un sesgo ideológico- forjarnos una opinión. Que es completamente intercambiable. Que depende de creencias que nos duele soltar pero que son igualmente reformulables. Arbitrariedad es el yo, es la existencia. Como dicen, es insoportablemente leve. 

Vomito contradicción. El mundo existe- hay cosas dentro de él. Pero todas las teorizo por arriba o por debajo. Doxa es elegir uno u otro camino. Seguir en la terca discusión de los tiempos, pensando siempre en que la opinión contraria nos es ajena sólo por conveniencia.  No darse cuenta de ello es estupidez autoimpuesta- una vez que se es consciente de la arbitrariedad, regresar a la concepción unitaria de lo que soy se percibe como un engaño. Vivir sesgado.

Rasgos de la personalidad: papel insignificante y volátil que se prende con alfileres a la vida. Me gusta esto o lo otro. Soy así o asá. Pretexto sostenido de mi historia para proyectarse en la Historia. Nuevamente, arbitrario.

Y lo arbitrario no se vive como libertad. Si lo es, es asfixiante. Es incoherente. Aferrarse aunque sea un poco a algo ya lleva consigo el signo de lo cambiante.

Conclusión: el yo es una bola de nieve en picada. El abismo es la muerte, y comenzamos a rodar desde el nacer. El tiempo va rápido, muy rápido; tanto como nosotros acumulando experiencia y traumas.

Quizá me he desviado, tengo miedo del abismo. Caeré, tarde o temprano, como todos. Ahí sí que no hay arbitrariedad.

Valencia.

martes, 6 de enero de 2015

El drama del género.

Existir nos viene dado y la forma de la existencia es cuerpo. El cuerpo está sexuado: nos movemos por el mundo en la forma básica de hombre o mujer. ¿Pero hay una esencia de lo masculino y lo femenino que sustente de manera irrevocable el aspecto social de lo que esto implica?
Mi respuesta la doy de antemano: no, y más aún, creer en una sustancia masculina o femenina real es el sustento de relaciones sociales inequitativas. Ya no nos es útil pensar de esa manera.
Judith Butler nos da una teoría que, a continuación, presentaré esbozada. El objetivo de tal teoría es deconstruir el sentido del género que ha posibilitado desde el machismo hasta el feminismo.
El machismo es la perpetuación de un sistema patriarcal, fundamentalmente violento. En nuestro discurso cotidiano, la mayor parte de las personas parece repudiar el machismo, ya sea porque realmente les parece aborrecible o por mero pudor.
El feminismo es la reivindicación de la mujer, un impulso (también con tintes violentos) que históricamente se justificó como el contrapeso de la masculino opresor. 
Pero ambas posturas parten de algo fundamental y pocas veces puesto en crítica: existen hombres y mujeres. con características y capacidades emanadas de la masculinidad y la femineidad. Y realmente, ¿podemos afirmar que existe la igualdad de género partiendo de estos supuestos? ¿El feminismo abre posibilidades a la mujer, a la vez que perpetúa el esquema que intenta rebatir?
Pero podríamos pensar de una nueva manera: que los géneros,. el ser hombre o mujer, no son más que constructor sociales cuyo fundamento esencial está hueco-- de la fisonomía pene-vagina (y demás características corporales) no se sigue una sustancialidad.
Pensemos en nuestras propias conductas. Yo soy mujer e intento ser femenina en alguna medida. Uso brassieres, me gusta mi cabello larguito; en ocasiones me pongo blusas coquetas o hasta vestido. ¿esas conductas me son dictadas por la consciencia de lo femenino o por la presencia de mi vagina, mis pechos, caderas y demás?
Quizá hay un intermediario entre mi conducta y aquello que hago para corresponder con lo femenino (cuando me porto masculina, me siento con las piernas abiertas, digo groserías, me pongo ruda, la gente me ve feo. Yo me veo feo. No estoy actuando conforme a mi género). 
¿Y cómo conozco eso- lo que me es propio como mujer y aquello que no me corresponde? Siguiendo a Butler, es a través de lo social y, fundamentalmente, en el lenguaje.
Como alguien dijo, lo primero que nos determina en el mundo social es un acto lingüístico (casi siempre por parte del obstetra): "es un niño" o "es una niña". Cuarto azul o cuarto rosa, cobijitas acorde al sexo del bebé. Balones o muñecas en Día de Reyes.
A simple vista nos parecen actos inocentes, naturales. Nenes con cochecitos y nenas con juegos de té. Pero en cada acto social-lingüístico de género reside una historia, un porqué: es el acto de perpetuación de un esquema.
Dicho esquema ha sido útil a la humanidad, como todos los esquemas que hacemos. Tienen un fin de supervivencia. Mas creo que ha llegado el momento de trastocarlo, puesto que ha perpetuado la violencia hacia el género,específicamente a las mujeres, una violencia que se alberga en la misma familia.
Quizá si levantamos el velo de lo que consideramos como hombre y mujer nos demos cuenta de las inconsistencias, de la fragilidad de esas nociones y tal vez no seamos tan severos la próxima vez que una chica tenga una novio o un hombre guste de maquillarse.
Porque todos tratamos de encajar (yo estoy escribiendo acerca de la falta de sustancialidad en el género y que es una suerte de ilusión emanada de un proceso social mientras tengo los ojos delineados y calzones coquetos). Y todos somos violentos cuando alguien rompe las reglas. Quizá, dándole vueltas a este asunto, podamos medir nuestras palabras y actos cuando pensamos acerca del género. Así como qué estamos esperando de una niña cuando le regalamos un nenuco el próximo seis de enero.

lunes, 1 de septiembre de 2014

La arrogancia y el talento.


De múltiples maneras, el lenguaje nos constituye. Lo que decimos de nosotros y la intención que lo sustenta no son meras explicitaciones de una idea, sino que vuelven a nuestro espíritu con una fuerza modeladora del mismo.

Todos hemos conocido a gente arrogante en mayor o menor medida. Algunos lo serán descaradamente, otros harán el uso de la falsa modestia en el hablar de sí mismos, otros más mencionarán de pasada lo que son, han hecho y las alabanzas que les han dado. La mayoría de nosotros se encuentra en alguno de esos rangos ya que necesitamos constituirnos de la mejor manera posible y nos ayudamos del lenguaje, como ya he dicho.
La arrogancia en el hablar de nosotros mismos está unida al talento, la habilidad para hacer o ser algo- que puede ser real o una mera imaginación que nos ayuda a sentirnos valiosos. Sea cual sea el caso, la relación es estrecha.
Y es que el hecho de saber hacer algo siempre se establece de forma comparativa pues, por supuesto, nos constituimos frente al otro. Si yo sé bailar, escribir, aprender o socializar mejor que tú, necesariamente he de formarme un lenguaje con respecto de ello aunque sea que sólo lo piense. Es entonces cuando la arrogancia aflora, y su intensidad variará acorde a nuestra personalidad.
Quizá la arrogancia no sea siempre negativa, el sentimiento que le da sustento ayuda a conformar nuestra autoestima. Pero cuando sirve para humillar al otro o constituirnos por encima de él, toma un cariz negativo por ser instrumento de daño.
El ser arrogantes es símbolo de inconsciencia, aunque dure solamente un momento. Puede ser que alguien tenga un profundo sentido de la humildad y de cuando en cuando tenga ínfulas de superioridad, debido a nuestra condición variable.
La arrogancia es también manifestación de la poca claridad que tenemos respecto de nosotros en relación con el talento o habilidades de los demás: siempre podemos ser superados, suponiendo que exista la objetividad y podamos comparar sin dudas los comportamientos humanos que nos hacen sentir orgullosos como especie.
Es por ello que creo que la mejor manera de ser es hacer, mas siempre ubicar correctamente cómo pensamos nuestra actividad yuxtaponiéndola a todos aquellos que no son yo; a la vez que manifestemos un lenguaje que no sea excluyente ni establezca relaciones de superioridad. Quizá esto es muy complicado porque se manifiesta día con día, pero me parece que es parte fundamental del saber vivir.

domingo, 23 de marzo de 2014

El baño es obsceno.

El baño es obsceno. El retrete está iluminado como una pieza de museo, como si la persona que se sienta sobre él fuera de un momento a otro a realizar un performance.
Mi compañera entra a él del lado izquierdo, yo tengo mi cuarto del lado derecho. La luz que me queda más cercana es una luz amable, cálida, distante. El cuarto de baño es un lugar amigable. Pero mi compañera prende, seguramente, la luz que da directamente al retrete porque le queda más cerca. Y es entonces cuando el cuarto revela su carácter más morboso. Ven, caga aquí, que quiero verte.
La luz es ineludible, ciertamente fue puesta ahí por algún ingeniero pretencioso. O simplemente por un electricista incoherente.  
Detrás del retrete está una ventana. Una ventana absurda, enorme, que si llegas con sólo la toalla enrollada alrededor de tu cuerpo y esa ventana está abierta, en el trajín de cerrarla seguramente terminarás mostrando una chichi o los pelos de lugares recónditos. Cabe decir que la ventana da a la calle. Este baño ha sido hecho para mostrar.
Además, si eres descuidado y poco te importa la decencia que raya en lo neurótico, igual te muestras cada vez que entras. Hay edificios enfrente, altos y bajos. El paradero del autobús. ¿Cuánta gente te ha conocido, sin que fuese lo que querías? ¿Habrá videos tuyos en la red? ¿Tendrán muchas visitas? ¿Algún día se los mostrarán a tu mamá?

Esa y muchas cosas más puedes pensar de este baño rosa, femenino. Casi romántico. Pero que en realidad guarda el malévolo propósito de darte a conocer en tus más magras carnes. 

Valencia.

domingo, 16 de marzo de 2014

Celebremos a los seres tiernos y delicados.

Esto es con motivo del Día de la Mujer. Sinceramente soy pésima para recordar este tipo de fechas conmemorativas, así que no hablé al respecto de esto la anterior semana.

Partiré desde mi opinión hacia este día: es una patraña. Para comenzar, el mito de que la fecha se debe al incendio de una fábrica donde murieron cientos de trabajadoras, es falso. No sucedió en ese día, 8 de marzo de 1908 y más bien tiene que ver con las celebraciones estadounidenses para la mujer.
Ahora bien, esto no disminuye la tragedia de este hecho pero ciertamente la mitificación de esta celebración es interesante.

¿Qué celebra la gente este día? Lo que vimos en las redes sociales: el ser delicado, amoroso, valiente, cabrón porque puede todo sola, que da la vida.
¿No será que solamente alabamos a los estereotipos de género? La mujer que no encaja en esa descripción se ve relegada. ¿Qué hay de la mujer que no quiere ser madre? ¿De aquélla que no se queja cada cinco minutos de los hombres y que no los ve como un sexo opuesto, sino como seres humanos llanamente? ¿De aquélla que no se centra con fiereza en su vida profesional para verse aguerrida en un mundo dominado por los hombres? ¿Que no se siente la cosa más grandiosa por hacer las mismas cosas que los hombres pero subida en tacones? ¡Gran logro, eh!
La gente sigue apreciando a la humanidad de manera dividida: en penes y vaginas. La distinción es básica y por tener uno u otra ya somos parte de mundos distintos, según esto.
Seguramente estoy en contra de la discriminación en la misma medida que me fastidian las cursilerías de género. El Día de la Mujer ni siquiera está entendido desde un feminismo crítico, positivo; las mujeres se dedican a decir que son lo mejor de la creación y los hombres a enmielar las cualidades de la mujer abstracta, perfecta y cuasi divina. 
Sabemos que, efectivamente, el papel de la mujer en el mundo aún no es igualitario al del hombre. Pero lograr este equilibrio no se dará exaltando cada año al género oprimido, sino cada día pensarnos como seres humanos que tienen características fisiológicas distintas y que a final de cuentas la distinción hombre-mujer solamente es real en este ámbito.
Que la mujer no es la única que da vida, ni el hombre es el único protector, proveedor del hogar ni el único capaz de llevar a cabo cualquier labor. Todos tenemos la posibilidad de todo en nosotros, y deshacernos de los prejuicios de género es un paso esencial para que nuestra vida sea realmente libre.

Valencia.

viernes, 7 de marzo de 2014

Tiempos aproximados.

Cuarto, media, cuarto para. La hora en punto. El mexicano vive de rebanadas de tiempo. Para él la hora con 21, 37, 52 minutos no existe. 
¿Por qué en países como Alemania y Japón el tren urbano pasa regularmente en tiempos establecidos? El mexicano dice querer eso en el metro, pero la verdad es que no lo quiere tanto. No le gusta vivir en tiempos exactos: quedar en reunirse con alguien a determinada hora le parece superficial. Se disculpará de llegar tarde, pero en realidad no le importa.
¿Será que el clima cálido le induce a la vida vivaracha y el tiempo exacto es algo propio de la gente de climas fríos? ¿Es que ha anticipado las teorías de la relatividad y le gusta vivir acorde a la realidad física? El tiempo es relativo, y el mexicano lo sabe.

He pensado en esto después de tener una pesadilla. Mi mente no cedía al sueño e imaginé una escena común. Ya saben, pensamientos de las cinco de la mañana. En una esquina que recorría regularmente en mis tiempos escolapios en mi ciudad natal, imaginaba que un señor me preguntaba la hora. “Son las dos y cuarto”, respondía en mi elucubración. Dos y cuarto. Probablemente eran las 2:32, pero no importaba. El momento exacto no importa, sino solamente el dar la información pertinente para que la persona interesada calcule más o menos cuánto tiempo le tomará llegar a donde tiene que llegar.
Claro que esto no aplica para las personas con múltiples ocupaciones e incluso para los estudiantes universitarios. Si el profesor comienza su clase a las 6:00, importan los minutos. A lo que me refiero, es que en México el tiempo exacto parece estar institucionalizado. Sólo es realmente importante cuando se tiene que responder a alguien más, hablando de una autoridad. Pero pensando en el mexicano común, en realidad el tiempo exacto no parece tan importante. Incluso el estudiante universitario, en vacaciones o días de ocio, no responde a los tiempos exactos. Quizá al llegar tarde estamos haciendo perder a la otra persona su tiempo, que podría haber utilizado para conocer a alguien, comer palomitas, ver una peli o masturbarse. Eso es lo que menos importa. Hacerle perder el tiempo a alguien común, que vemos a nuestro mismo nivel, que no es autoridad, no tiene nada de grave.
Quizá el tema es irrelevante, pero ¿no será que tiene relación con la mediocridad en la que está sumido el país? No hablemos de gobernantes o élites: la mayor parte de los mexicanos alimentan esa mediocridad. Y no puedo escribir en términos científicos esta relación, pero hay que recordar que time is money. Algo me dice que la falta de conciencia exacta del tiempo generalizada en nuestra cultura subyace una cuestión mayor.


Valencia.

domingo, 2 de marzo de 2014

La autodeterminación.

La autodeterminación tiene un lugar preponderante en la agenda de los sabios de todos los tiempos. Filósofos, científicos, literatos y demás han coincidido que el forjarse a sí mismos es la meta que engloba toda su actividad como humanos.
Sin embargo, puede que esos términos nos suenen muy vagos. ¿Qué significa la autodeterminación? Podríamos llamarla la construcción de sí mismo, desechar la determinación inexorable del universo y afirmar, en cambio, la posibilidad y la decisión humanas.
El camino de la autodeterminación es arduo, así como es darse cuenta de que es posible. Diariamente vemos gente que se conduce fatalmente a la vida: hacen las cosas que hacen porque se trata de obligaciones externas, funciones incuestionables. Ir a la escuela por ir, o dejar de ir con tal de llevar la contraria a la sociedad son ambas decisiones lejanas a un sujeto que desea conducir su propia vida. Lo mismo en el caso de un trabajo (lugar de muerte de las ambiciones de la mayoría de los infelices ciudadanos, detrás de un puesto a donde no quieren pertenecer).
La autodeterminación no es solamente ser lo que queremos ser, tal como lo dice Pico della Mirandola en su Discurso sobre la dignidad del hombre, en el sentido de forjarnos acorde a nuestros deseos, sino que esto engloba además una actitud estoica frente al mundo. Un ser que se determina a sí mismo no se deja llevar por las vicisitudes externas como por un río, sino que logra anteponerse ante ello, reaccionando de la mejor manera posible a lo bueno y también a lo malo que le llega del mundo.
Ahora bien, el fin de la autodeterminación es definitivamente la felicidad. Solamente gracias a eso podemos acercarnos a la máxima aristotélica que dice que una golondrina no hace verano y tampoco un solo día de felicidad, ni aun una temporada, basta para hacer a un hombre dichoso y afortunado. La autodeterminación moderna es la autarquía clásica. En el ámbito postmoderno en el que nos desenvolvemos tiene asimismo correspondencia. Si bien ya estamos hartos de que se hable que ahora cada quien puede enunciar su verdad, podemos revertir este supuesto. Que cada quien construya su verdad, su realidad, a sí mismo. Que lo haga respondiendo a lo que le constituye interiormente, la única posibilidad de felicidad continua y segura. Que salga del trabajo y la rutina que le vuelve un ser insatisfecho y se asegure la felicidad en lo que anhela. 
No todos deseamos lo mismo concretamente, así que el mundo no es un lugar que represente únicamente una lucha de fuerzas. Cada quien aspira a algo distinto para sí, y así se dará cuenta el individuo que lo que sea el Otro no disminuye su ser. La inconmensurabilidad del ser humano es su condición pero no se da cuenta. Los sistemas sociales nos hacen apreciarnos como lobos voraces, todos en la esperanza de la supervivencia. ¿Es que acaso la vida humana no puede ser algo más? Los espíritus libres se mueven por el mundo mientras que los que esperan la felicidad en el otro y las cosas externas están atados a la causalidad. El otro y las cosas pueden satisfacernos, pero siempre serán fortuitas.
He aquí el sentido de la vida que la autodeterminación ofrece: sé quien quieres ser, vive como quieres vivir, manéjate desde tu interior al exterior. La autodeterminación es un camino de las virtudes. Es el manejo asimismo del punto medio: aprender a vivir lo corporal y lo espiritual, que al fin ambas cosas nos constituyen.


sábado, 15 de febrero de 2014

Muerte.

La muerte es un tema que me ha preocupado desde mi infancia. A los cinco años ya era evidente mi angustia hacia ello, cuando pedía a mis padres que por favor no se murieran.
Actualmente no he sufrido muchas muertes significativas, pero cada una ha sido muy dolorosa. Es un miedo que raya lo absurdo. Existen paliativos para calmar ese miedo: bien famosa es aquella argumentación que dice que cuando estamos vivos, no nos debe preocupar la muerte porque nos es ajena y cuando estamos muertos, ya no estamos ni somos, y la nada es también sinónimo de ninguna preocupación.
Pero es precisamente el ya no ser lo que, al menos a mí, me causa terror. Por temporadas pienso en ello, llegando a tener sueños tan vívidos de la muerte de mis seres más queridos que realmente me espantan e incrementan el sentimiento de angustia hacia ello.
Quizá el cese de la propia existencia me cause angustia, pero es sobre todo la pérdida de quienes amo lo que me da más miedo. No creo en el Cielo, el Infierno, ni cosa parecida. Quizá eso es peor porque no logro concebir que quien ahora amo, con quien convivo y que es una extensión de mi felicidad y mi tristeza llegue el día en que deje de ser. Esa persona son mis padres, qué injusta es la vida al tener que quitárnoslos cuando quisiéramos vivir menos que ellos. También lo es mi hermano, mi novio, mis mejores amigos, mi familia. A todos les digo que yo me quiero morir antes, porque soy tan egoísta que sé que no podría sobrellevar una pérdida de ese calibre.
Gracias a ello entiendo la necesidad de crearnos un Paraíso, un Más Allá donde esperará lo que había en este mundo, donde además todo es mucho mejor, porque sólo nos espera lo bueno. Sin embargo, yo dejé hace tiempo el dulce consuelo de la religión católica, donde fui criada, y no podría pensar sinceramente en la amable esperanza de que los que amo existan después de la muerte.
El ser humano siempre se ha sentido contrariado por la experiencia de la muerte del Otro. También por la propia, obviamente, pero la gran mayoría no ha podido comunicar nada al respecto. Sólo las largas agonías, y la experiencia de algo como volver de un infarto pueden arrojar alguna luz al respecto. En realidad, nadie puede saber qué pasa una vez que todas las funciones corporales han cesado. Digo, yo he decidido que la idea cristiana al respecto no me satisface, pero más no puedo decir. Mas ahora que sabemos que el concepto de alma humana probablemente no sea más que un amasijo de neuronas y funciones cerebrales, quizá nuestras esperanzas sean vanas al creer que algo equivalente sobrevivirá a la muerte del cuerpo.

De cualquier forma, espero no tener que enfrentarme a una muerte más. Que algo suceda en el tiempo o que descubran cómo mantenernos incorruptibles. Sé que la muerte es lo sucesivo a la vida y viceversa, en un ciclo infinito. En lo abstracto, tiene sentido. Pero cuando nos enfrentamos a los casos concretos, no lo entendemos. Y ni Hegel y su Filosofía de la Historia ni nada me hará comprender la muerte de quien amo en su caracterización vital. Quizá cuando esté enfrentándome a ello salga de su escondite la niña cristiana y vuelva a pensar que en el Paraíso está la respuesta.

Valencia.

viernes, 7 de febrero de 2014

Esta es una reacción a “Mis tetas y yo”, de Yael Farache.

Cuando leí ese artículo fue revelador. Tenía yo muchos prejuicios con respecto a esa parte del cuerpo. Como dice Yael Farache, la mujer siempre ve a sus chichis (diré chichis porque es una palabra alegre y muy mexicana) con vergüenza y nunca para sí misma.
Hasta hace poco tiempo yo caminaba con la espalda encorvada. Y cuando leí ese artículo, que coincidió con un momento de reflexión acerca de mi cuerpo, me di cuenta que era por vergüenza. Yo estudio Filosofía, en mi colegio hay más hombres que mujeres: no puedo darme el lujo de vestirme como si fuera fácil. ¿De qué otra forma, si no, me tomarían en serio intelectualmente hablando? Si te encorvas, el pecho no se te sale tanto. A eso agréguenle (ya lo saben quienes me han visto) que no soy precisamente la frondosidad ambulante. Así que me di cuenta que era ridículo.
Yo agrego que no solamente le tenemos miedo a nuestros senos, sino también a las caderas, las nalgas, las piernas. Todas, absolutamente, tenemos al menos alguna de esas partes lo suficientemente atractivas. Pero yo me escondía detrás de pantalones una o dos tallas más amplios, playeras aguadas. Hace seis meses no se me hubiera ocurrido salir de falda.
Y también es cierto que juzgaba. A veces incluso pronunciaba que tal o cual no se quería por vestir enseñando su cuerpecillo. Me justificaba con el clásico argumento, antes mencionado, de que tienes que hacerte respetar. Hacerte respetar implica el ser pura alma, dejar al cuerpo. Ocultarlo con fines racionales. Pero todo eso es mentira.
No es más que el acuerdo tácito, que tan bien explica Yael, entre las mujeres. Me fascinó la imagen del ocultamiento de las chichis como un desarme. Mostrar las tetas es alterar el orden social.
Quizá en los hombres esto no haga tanto eco. Eso es porque la parte preponderante de su cuerpo, sexualmente hablando, está oculta en sus pantalones. Les estorba a ratos, pero no es como si se presentara al mundo a cada momento. Además, lo sexual en el hombre está socialmente permitido. Está bien, esta cool. La eterna disputa en la sexualidad hombre-mujer. Él puede ser un gigoló, ella sólo una puta.
Pero las mujeres tenemos lo más sexualmente atractivo (en términos generales, claro) a la altura de las amígdalas. Están siempre ahí, resultan como carta de presentación. A veces poco importa el tamaño, si están ahí simplemente gustan y llaman la atención. Tenemos que lidiar con eso todos los días. Y con decir que ahora estoy aprendiendo a disfrutar la totalidad de mi cuerpo, no quiero decir que me agrade que me vean asquerosamente o que me torteen en el metro. Y, digan lo que digan, el porcentaje de hombres que sufre de eso es muchísimo menor al de las mujeres. Es que, vaya, un hombre puede ir sin camisa en la calle y no pasa nada. Pero una mujer que vaya más o menos vestida de forma (qué forma, si al final de igual) atrevida está dando permiso de que le metan mano. ¿Es así, o no?
Sigue habiendo mucha desigualdad en este ámbito. Me causa mucha curiosidad como el tema del cuerpo femenino es tratado a veces con tanta naturalidad y, al mismo tiempo, causa tanto morbo. Aún en un sola persona.
Las chichis, las caderas, las piernas, son formas. Formas exaltadas, pero formas al fin. Invito a todos quienes me leen, a las mujeres especialmente, a que disfruten de esas formas. Su cuerpo se ha acomodado de tal o cual manera. Acepten la forma, cuídenla, cultívenla haciendo ejercicio; además es saludable.
Lo más importante es sacar la vergüenza. Pueden seguir vistiéndose de playeras y pantalones aguados, pero que no sea por asco o temor. Que sea porque así quieren. Y si, de momento, se dan cuenta de que aman sus formas y desean mostrarlas, no tengan miedo. De diez mujeres, quizá nueve las juzguen negativamente. Pero quizá al menos a una le hagan pensar, aunque sea ligeramente, que mostrar su cuerpo simplemente por mostrarlo, no está mal. Así como el artículo de Yael me invitó a reflexionar acerca de algo primario, inmanente. Fundamental.

Valencia.


viernes, 31 de enero de 2014

La verdad, los amantes y los juegos del lenguaje.

Filósofos como Nietzsche han dejado en claro que la expresión de la verdad (quizá la única verdad existente) ha sido caracterizada a lo largo de la historia del pensamiento como el menor uso posible de los juegos del lenguaje, en oposición a la retórica.
Ahora dudamos del concepto de verdad en muchos de sus ámbitos. Cada vez tenemos menor certeza de que el significado clásico de esta palabra tenga alguna aplicación. Si bien algunos prefieren descartarla de su lenguaje y otros intentan reconfigurar los conceptos contenidos en ella, ahora quiero hablar de lo que significa la verdad en una relación entre amantes.
Cuando nos hemos visto envueltos en una relación amorosa fuerte, y aunque no tengamos aspiraciones metafísicas o dudemos teóricamente de qué es la verdad, lo cierto es que es lo que esperamos del amado de una forma casi pueril, intensa. Quizá en este nivel básico de la vida resulte más evidente la diferencia entre la verdad y la mentira.
Lo que espera el amante es que su congénere le responda sin juegos del lenguaje. Que la realidad coincida con las palabras, que no haya lugar a ambigüedades. Es extraño lo que se pide, cuando vemos que el lenguaje, que ha sido visto durante mucho tiempo como un puente de comunicación, a veces puede ser también un artilugio que disfraza los hechos. Lo que quiere el amante es un lenguaje desnudo.
Empero, como muchos igualmente han notado, el lenguaje tiene límites. La experiencia vivencial no puede ser abarcada completamente por éste. Por ello, los amantes han aprendido a superar esa barrera entre dos experiencias de vida distintas desarrollando diversos modos de comunicarse. Los poetas han hablado tanto de las miradas, los gestos, las palabras mudas. Esto es porque somos como dos recipientes bien distintos que intentan a toda costa vaciarse uno en el otro.
Y creo que es cierto también que la comunicación varía de intensidad según los momentos que se vivan como pareja. Hay ocasiones en que ambos se vuelven máquinas de recepción y emisión: mensajes tenues que desnudan la experiencia del otro. Existen otros momentos en que no ha podido tenderse ese puente de vivencias y, bien sabemos, los conflictos afloran.

He platicado con amigos, y no pocos, quienes me dicen que una preocupación extraña que cargan cuando están en una relación es el no saber qué piensa el otro. Puede decirles su amante muchas cosas pero siempre les angustia no poder abarcar toda la verdad que resguarda. Saben que el lenguaje no es suficiente para expresar todo lo que un ser humano puede contener dentro de sí.
Y esto llama mi atención porque creo que una de las partes básicas del amor es precisamente esta variación entre la búsqueda de la verdad en el otro y los límites de la experiencia individual para hacer partícipe a alguien más.
En este sentido, la hermenéutica permite acercarse a la verdad. Si las palabras concretas no son suficientes, el ejercicio hermenéutico es un acercamiento amoroso con la realidad. Es más que una interpretación: es la búsqueda del qué de algo que se expresa como vaivenes de palabras, que se entrecruzan y forman una imagen.
Así, por ejemplo, cuando leemos poesía, literatura, (al mismo Nietzsche, antes mencionado), no debemos centrarnos en la literalidad, sino en los golpes de sentido, emanados de las palabras, que forjan nuestra idea mental de lo que se nos refiere tal como el cincel del escultor forja la piedra.
Así que recomiendo a los amantes intensos y un poco loquitos, como seguramente son muchos poetas, que no se obsesionen con la perenne duda de saber todo del otro. El ser humano no es un objeto acabado, sino un ser en constante expansión y movimiento. Las palabras que evocan algún momento específico de la vivencia humana pueden ya no ser concordantes con una realidad posterior o anterior y, muchas veces, los gestos más simples pueden decirnos muchas más cosas.