Violencia-miedo
Vivimos en una sociedad. Somos
millones de personas. Cada uno de nosotros, es un núcleo social. Nos
preocupamos por algunas personas ya que nos es imposible preocuparnos por todas
las de fuera. Conocemos a un porcentaje muy bajo de humanos, estamos al pendiente
de algunos de estos. Recordamos algunos rostros más que otros. Vemos personas
que llevan prisa y empujan a los demás. Nosotros mismos algunas veces tenemos
prisa y lo que importa es arribar a tiempo.
Caminamos rápido, siempre
evitando ver a otros a los ojos y si por algún motivo nos toca la mala suerte
de que nuestra mirada se cruce con otra, desviamos la mirada pronto, no vaya a
ser que el otro nos vaya a hacer algo. Es que ahora vivimos con miedo a que la
otra persona nos haga algo. Tenemos miedo de mirar siquiera de reojo alguna
situación porque es probable que nosotros salgamos también perjudicados.
Personas que chocan en la calle y uno de los involucrados baja rápidamente para
golpear al otro sin siquiera buscar el diálogo para llegar a acuerdos. La otra
persona, la agredida, sin saber qué hacer o cómo reaccionar. Nunca nadie
imagina cómo reaccionará el otro, pero definitivamente, se espera que no sea
violentamente.
¿Estamos ya desensibilizados ante
tales situaciones o el miedo a ser atacados es más grande que nuestra
posibilidad de actuar? Al principio pensaba que era un fenómeno de desensibilización
de las masas, ahora comprendo que muchas personas sufren o sufrimos este
fenómeno pero siempre en menor o mayor grado. También veo que el miedo está cada vez más presente
en nuestro modo de vida. Subimos al microbús con miedo: nos piden dinero y
damos un peso o dos a aquellos que no tienen una tarifa establecida, algunos
otros piden de diez pesos para arriba y otros muchos piden que los pasajeros
abran sus monederos o carteras para tomar ellos mismos el dinero que convenga.
Esto en el mejor de los panoramas. Otros que no corren con la misma suerte, son
intimidados con pistolas, gritos o golpes. Si uno se “hace el valiente” seguro
no llega a casa. Se tiene miedo de resistirse al asalto porque no sabes qué te
hará el asaltante, para el que no se es más que un objeto dispuesto para que se
satisfagan sus necesidades económicas.
En el metro, algo similar pasa: si no te empujan a las vías,
te bolsean y te sacan el celular o te
dan “arrimones” porque, claro, las mujeres queremos que se nos peguen esos
galanes que viajan en el vagón. Si
llevas falda o short, eres blanco de miradas que en ocasiones hasta dan asco,
de “piropos” que no halagarían ni a un muerto o de roces de otros. Si no ocurre todo esto, tal vez alguien en el
vagón se incomode porque al frenar bruscamente el metro, caíste sobre él y se
le ocurra agarrarte a golpes o decirte hasta de lo que te vas a morir. Soportar
que suban personas “moneándose” y haciendo destrozos en el vagón sin que la
policía haga algo para proteger a los demás pasajeros. Se tiene miedo hasta de
los que “nos cuidan”. Creo que hasta ellos mismos tienen miedo de sí mismos…
Llegamos a casa y a veces, hasta los familiares son
violentos. Sucede que alguien llega de malas y comienza a gritar a los demás o
el marido llega cansado y fastidiado y golpea a quien se ponga enfrente. Y
siempre el miedo de decir que no. El miedo que nos supera. El miedo de no saber
cómo romper con este efecto dominó que nos alcanza inevitablemente a todos. Me
pregunto: ¿Y dónde quedó la razón?
Ixchelt Hernández
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