sábado, 12 de abril de 2014

Violencia-miedo

Violencia-miedo

Vivimos en una sociedad. Somos millones de personas. Cada uno de nosotros, es un núcleo social. Nos preocupamos por algunas personas ya que nos es imposible preocuparnos por todas las de fuera. Conocemos a un porcentaje muy bajo de humanos, estamos al pendiente de algunos de estos. Recordamos algunos rostros más que otros. Vemos personas que llevan prisa y empujan a los demás. Nosotros mismos algunas veces tenemos prisa y lo que importa es arribar a tiempo.
Caminamos rápido, siempre evitando ver a otros a los ojos y si por algún motivo nos toca la mala suerte de que nuestra mirada se cruce con otra, desviamos la mirada pronto, no vaya a ser que el otro nos vaya a hacer algo. Es que ahora vivimos con miedo a que la otra persona nos haga algo. Tenemos miedo de mirar siquiera de reojo alguna situación porque es probable que nosotros salgamos también perjudicados. Personas que chocan en la calle y uno de los involucrados baja rápidamente para golpear al otro sin siquiera buscar el diálogo para llegar a acuerdos. La otra persona, la agredida, sin saber qué hacer o cómo reaccionar. Nunca nadie imagina cómo reaccionará el otro, pero definitivamente, se espera que no sea violentamente.
¿Estamos ya desensibilizados ante tales situaciones o el miedo a ser atacados es más grande que nuestra posibilidad de actuar? Al principio pensaba que era un fenómeno de desensibilización de las masas, ahora comprendo que muchas personas sufren o sufrimos este fenómeno pero siempre en menor o mayor grado.  También veo que el miedo está cada vez más presente en nuestro modo de vida. Subimos al microbús con miedo: nos piden dinero y damos un peso o dos a aquellos que no tienen una tarifa establecida, algunos otros piden de diez pesos para arriba y otros muchos piden que los pasajeros abran sus monederos o carteras para tomar ellos mismos el dinero que convenga. Esto en el mejor de los panoramas. Otros que no corren con la misma suerte, son intimidados con pistolas, gritos o golpes. Si uno se “hace el valiente” seguro no llega a casa. Se tiene miedo de resistirse al asalto porque no sabes qué te hará el asaltante, para el que no se es más que un objeto dispuesto para que se satisfagan sus necesidades económicas.
En el metro, algo similar pasa: si no te empujan a las vías, te bolsean  y te sacan el celular o te dan “arrimones” porque, claro, las mujeres queremos que se nos peguen esos galanes que viajan en el vagón.  Si llevas falda o short, eres blanco de miradas que en ocasiones hasta dan asco, de “piropos” que no halagarían ni a un muerto o de roces de otros.  Si no ocurre todo esto, tal vez alguien en el vagón se incomode porque al frenar bruscamente el metro, caíste sobre él y se le ocurra agarrarte a golpes o decirte hasta de lo que te vas a morir. Soportar que suban personas “moneándose” y haciendo destrozos en el vagón sin que la policía haga algo para proteger a los demás pasajeros. Se tiene miedo hasta de los que “nos cuidan”. Creo que hasta ellos mismos tienen miedo de sí mismos…

Llegamos a casa y a veces, hasta los familiares son violentos. Sucede que alguien llega de malas y comienza a gritar a los demás o el marido llega cansado y fastidiado y golpea a quien se ponga enfrente. Y siempre el miedo de decir que no. El miedo que nos supera. El miedo de no saber cómo romper con este efecto dominó que nos alcanza inevitablemente a todos. Me pregunto: ¿Y dónde quedó la razón?

Ixchelt Hernández

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