sábado, 14 de marzo de 2015

Incendios.


Te conocí un día de invierno, con frío y hambre, pero íntegro y estoico. Mis maneras eran secas, escépticas, con miles de contradicciones, pero de una sola pieza, un optimista irreductible.

Me acerqué a ti con las mismas ansias con las que abro un libro, ávido de empaparme en sus secretos. Me enganchaste porque tenías aquello que los poetas se pasan la vida persiguiendo y que la mayoría no logran sino arañar con sus garabatos. La tuya fue una sintaxis inexplicable, misteriosa y peligrosa… por ser inextirpable. Nos refugiamos en un café y aunque el lugar era acogedor no era sino el sonido de tu risa lo que me brindaba calor.

Cuando llegó la primavera nació en mí, como aquello que florece tal cual florece, sin explicaciones, una dulzura que se manifestaba cada vez que estaba cerca de ti. ¡Quise! ¡Libre y genuinamente estar cerca de ti!

Fui más yo cuando tú estabas. Me salvaste de mí, me sacaste de mí mismo para hacerme nacer de mis entrañas. Sin desgarrarme llegué a un mundo nuevo, que siempre había estado allí pero en el cual no vivía hasta que tú me llevaste de la mano. Era el mundo de lo sagrado, que nunca es silencioso, que grita a todo pulmón por ser volteado a ver, pero yo estaba hipnotizado por el canto de “ese [mi] maldito yo”.

Toda mi razonabilidad se veía desmoronada ante una leve mueca de tristeza dibujada en tu rostro. Incendiabas mis edificios racionales con tan sólo una caricia. Me llevaste a profanar ese nuevo mundo, a corromperme, a renunciar a la razón en pos de tu sonrisa, dimití sin saberlo y no me importó cuando lo supe. Me adentré en tus terrenos desconocidos, valiente, intrépido, confiado, nada podía hacerme daño llevando puesta la armadura de la razonabilidad…qué ingenuo.


Es cuando me enfrento al peligro del gran incendio que, espoleado por la ilusión de la autosuficiencia empuño mi razón instrumental sólo para verla reducida a cenizas en mí ya despellejado brazo. ¡Quise apagar un incendio con una jeringa! Una vez más me limite a encender un cigarrillo, ya nada podía hacer, bebí de una copa que no debí y ardí con las primeras hojas del otoño, hasta apagarme consumido de nuevo en el invierno.

M.J.R.M.

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