lunes, 24 de agosto de 2015

Lara

Digo 'un día iré a arrastras'. Me pregunté ¿a dónde? A verte. Continué mis cuestiones, ¿a qué? A verte, ¿ y para qué? No lo sé.
  Recuerdo cuando me invitaste al templo de tu Dios, yo tenía unos 18 años y tú unos 16. También recuerdo mis visitas a tu colegio, nos sentábamos en una banca del pasillo, hablábamos, te contaba mis pobres ideas de aquel tiempo y tú escuchabas atenta. Jugaba con tus cabellos, con tus brazos, tus manos y tus dedos. También te besaba. Tu boca no era pequeña, era de un tamaño razonable, tus labios eran precisos para besar mis labios. En ocasiones parecías más alta que yo, pero nuestra estatura era similar.
  Después te fuiste. Destrozaste mi corazón, no hay duda. Todavía me acuerdo que el brandy me acompañó varios días. Fue interesante, pues mi condición mejoró, no enfermaba y tenía ánimos para hacer. Estaba roto de tal manera que podía realizar y concentrarme. 
  Luego quisiste volver. Yo ya estaba en otro lugar, así que te alejaste. Qué bueno que crees en Dios, no tengo duda de que el autoengaño es un gran medicamento contra el dolor del alma. Mientras 'sanabas' tus dolores con 'amor' a un Ser desconocido, yo entendí mi condición, sin engaños, sin ilusiones que quién sabe quienes nos las han querido vender. Fui yo contra mis juicios, mis intuiciones contra hechos brutos, mi nombre contra mi simple cuerpo.
  'Un día iré a arrastras', una expresión condicionada por conceptos y significados antaños. Sigo estando del lado de los hechos brutos. Podría ser también un autoengaño: un engaño 'conmigo mismo'. 

M. Téllez.


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