miércoles, 13 de septiembre de 2017

En torno a la humildad






Para José Salvador Arrellano




En algún momento de nuestras vidas nos han dicho que no somos humildes. La suposición es que uno «tiene que ser humilde». En algunas circunstancias, esta situación suele ser un tanto cortante, en otras, se justifica por los tonos soberbios de una conducta. Sin embargo, en ambos casos, no hacemos sino suscitar la pregunta acerca de qué es la humildad. Del concepto de humildad muy pocos filósofos han intentado indagar una reflexión sobre su definición. Si nos exigiésemos ampararnos en una doxografía al respecto del tema, la realidad es que hay escasos autores. Poca la reflexión. Y en cambio, como decíamos, no son nulas las situaciones morales que apelan materialmente a la «humildad», aunque también normativamente en formatos prescriptivos («debes de ser humilde»), en hechos evidentemente entramados en una constelación de virtudes, valores, cualidades, actitudes, &c. Si nos vamos a la concepción común de la humildad que la apercibe como una sumisión de carácter, el concepto efectivamente comienza a perder, por decirlo a tono de metáfora, las líneas de su mano. Por quienes aducen a título de descripción que tal o cual persona es humilde, se podría conjeturar que contadas veces examinan las entrañas de su supuesto.
Suponer qué es la humildad no es saberle; ni conocerle, supone desembrollar su supuesto virtuosismo. Conviene por tanto abocarnos a este término. Nuestro acercamiento teórico no le interesa tanto hacer conocible el concepto en función de categoremas éticos, cuanto en forjar una definición que atienda a la extensión e intensión del término, y cuyo planteamiento sea capaz de traslucir una crítica. No será afán nuestro, por consiguiente, dilatar un elogio de la humildad; lo que sí, que nos dará ocasión bastante, es reparar en su realidad, su posibilidad y su necesidad.

1. Cuando de humildad se habla luego, luego se capturan atenta o desatentamente notas preconcebidas. Se tienen creencias. En general, su referencia axiológica en muchos casos está sobredimensionada aun cuando no se esclarezca su fundamento moral. Se trata de un concepto inmerso en «ambientes morales», aunque, por su condición, también toque los «ambientes éticos»[1] de determinadas éticas. No es nada insignificante que la humildad aparezca de manera ineluctable bien como virtud, bien como valor de las sociedades occidentales y occidentalizadas. Detrás de esta generalidad, advirtámoslo, se podría atajar su realidad abriendo los ojos a la semiología de la vida cotidiana.
Pero la doctrina moral que satisface el concepto de humildad suele establecerse en términos de moralidad religiosa. En significado, allí se habilita –tal y como la señaló el lexicógrafo Pierre Larousse en su Diccionario– como una «virtud que resulta del sentimiento de nuestra bajeza». De ahí, el ligero transe semántico del sustantivo al adjetivo es poco a fin de cuentas, en tanto que lleva arrimada la pretensión de predicar al humilde como el que se «rebaja voluntariamente». Así, la aspiración de la humildad –aunque no se cuente como tal en las llamadas «virtudes teologales»– en esta acepción hunde su sentido en el apocamiento.
Más muestras reivindicativas de la humildad nos las podemos topar en innumerables referencias bíblicas y teológicas. No sería pertinente menospreciar el entrelazamiento que mantiene con otras virtudes como la «caridad». Esto lo especificó San Agustín al mentar que «donde está la humildad está la caridad»[2]. Sin embargo, huyendo de la peroración teológica como se huye de la peste, lo que vale primeramente es evidenciar su realidad.

2. Podríamos introducirnos en el bagaje terminológico teniendo en cuenta cómo se define en su acepción religiosa. Pero, por fuerza, hay que mostrar otras acepciones. Pues lo que se ha de aducir, en principio, es que nuestro espacio antropológico contempla, entretanto, una estructura de relaciones éticas cuyo gran interés cae a la filosofía moral. Lejos de agraviar su conceptuosa denotación, nos ubica a la humildad dentro de un campo de la Idea de valor moral. Y puesto que «la virtud de un ser –como nos dice Comte-Sponville– es lo que constituye su valor»[3], por eso el planteamiento de la humildad se endilga muy a menudo un virtuosismo.

¿Qué sería de la humildad si no se le halagara para remediar los males que gusta ofrecer la soberbia? Pensémoslo meditabundamente porque las cualidades que se dan de la humildad revelan una glorificación de la misma. Quizás el fulcro que posibilita esta idea venga concentrada recurriendo a la verdad.

Es una cuestión que se destila de una afirmación de Santa Teresa: «la humildad es andar en verdad». Dicho así, la humildad parecería ser un mero cachondeo epistemológico, por ende, susceptible de robustecerse guiada –en caudillaje de relativización– por «la verdad de cada uno». Pero, en realidad no es tanto así. Porque el fundamento moral que orienta la humildad se establece ad sensu contrario del engaño de uno mismo. De ese engaño que sería terrible no contextualizarlo en función de las cualidades, talentos, profesiones, u opiniones de cada persona.

En efecto: la humildad echa raíces fundamentalmente sub specie personae. No ser otra cosa más que uno mismo: ser persona. Esta es la función principal de la humildad que ha de satisfacerse si se busca ser humilde. Así Jorge Yarce, que es uno de los baluartes de la insidiosa «filosofía del liderazgo» (?), con el género de fin empresarial que busca el llamado «coaching ontológico», expone que la humildad es «aceptarse y aceptar a los demás como son, reconociendo –advierte– las propias limitaciones o deficiencias, sin dejarse dominar por ellas».[4] Y sin entrar en detallitos de tema tan peliagudo asimismo repasa, siempre con insinuación empresarial, que la humildad se conforma de sencillez, naturalidad, espontaneidad, autenticidad y sinceridad. Desde nuestra perspectiva compartimos su idea de que la sinceridad es constituyente de la humildad (y también su recíproca).

Y es que esta idea de gran complejidad psicológica, sean cualesquiera sus cimientos con la ética, pone en la pista un presupuesto denotativo de la humildad. Y es que la sinceridad y la humildad mantienen entre sí una dialéctica convergente. No hay duda que sean conceptos yuxtapuestos que se codean. Así podemos notar la perspectiva que airea el filósofo Jankélévitch: «la sinceridad sin ilusiones es para el sincero una perpetua lección de modestia; y viceversa la modestia –nos advierte– favorece el ejercicio de la sincera introspección».[5]

Pero, más aún: cabe decir que la sinceridad no ha tenido tanta importancia moral como en la ética del filósofo uruguayo don Vaz Ferreira. Una vez desarrollada su Moral para intelectuales (1909), en atenciones a diversas profesiones (como sea la del médico, el abogado, el periodista o el funcionario público), con pasmosa insistencia quiere aducir que la sinceridad debe formar parte de la moral. La posición que pudo haber adoptado respecto a la humildad debiéramos alinearla –in oblicuo– en un fundamento emocional y ético. Ahora que, si hubiera un marco «deontológico» que pretendiese asimilar la humildad a sus deberes, quizás por profesionalismo, es probable que el sinceramiento no alcance importantes cotas de reconocimiento laboral (¡porque la humildad no es un deber!). Es preciso tener muy en claro que citar a este gran filósofo no es para apaciguarnos por una apelación a la autoridad. Nada más falso. Simplemente convendría suscitar las «condiciones de posibilidad» de la humildad (que jamás habría que endiosarla). ¡Ah, pero la pulla de Nietzsche juzga que la humildad es despreciable! En esa situación, uno puede redargüir que la  humildad es una forma de autodeterminación individual y personal. Sin duda, en la socialización humana (o antrópica) la humildad se nota incluso por vía negativa sobre todo donde la arrogancia la degrada.

De aquellas ocasiones donde la soberbia no procura fomentar la humildad, y que con la fuerza moral de la hipocresía puede persistir, ahí cualquier individuo arrastra una concepción que podemos tipificar de «individualismo ético»[6]. Con justa razón, José Martí nos advertiría que «el genio no puede salvarse en la tierra si no asciende a la dicha suprema de la humildad».[7] Lo que logra repercutir a esa dicha –destacada en la boca del enfoque emic– lleva aparejada invocar a cualidades de tipo sapiencial en determinadas filosofías de vida. Colocándonos en la perspectiva de Séneca, por ejemplo, se reconoce que la riqueza de espíritu se solventa por la tranquilidad. Así se podría decir, en abreviado rigor, que con la humildad se tienen los goces de la tranquilidad. Esto penetró el emblema septuagésimo del celebérrimo Theatro Moral de toda la Philosophia (1672) en cuanto nos dice –sin perjuicio de sus componentes cristianos– que «nunca pierde el sabio su tranquilidad».

Sea como quiera, lo que se aquí se puede controvertir es que la humildad llega muy pronto a tener un peso axiológicamente moral. Cuando este peso moral queda a merced de un antivalor, como la soberbia, así no hay chance para perfeccionar la tranquilidad (psicológica) de uno mismo. Cuando el hombre a causa de la soberbia es falso, deja de orbitar en la simplicidad (asimismo virtud).

3. Al tomarnos en serio el postulado de la humildad como radicación en la verdad, la cosa se nos puede tornar resbaladiza. Y es que aducir tal idea requiere presuponer –en buena lid– que existe un respeto moral que cada ser humano se debe a sí mismo. Es el respeto que nos enseña a no licenciar el engaño, o el mal cuyo más indeseable derrotero se manifiesta –sin perjuicio de lo que contravenga la antipsiquiatría o incluso la teodicea– en trastornos psicosociales (individuales y colectivos).

Decimos, pues, que la razón de ser de la humildad brota del sinceramiento con uno mismo y con los demás.

Consiste esto en lo que Alfonso Reyes suscribe en la lección V de su Cartilla moral (1944): «la manifestación de la verdad aparece siempre como una declaración ante el prójimo, pero es un acto de lealtad para con nosotros mismos». Lo cual sugiere que la humildad posee un valor moral en la medida que realiza deseablemente entre los hombres lo que es cada uno; pero importa aún más que manifestándonos como realmente somos ante los demás implica que somos leales a un grado de autodeterminación personal. En este quid debiéramos subrayar –siguiendo la lección XII del mismo Reyes– que «el respeto a la verdad es, al mismo tiempo, la más alta cualidad moral y la más alta cualidad intelectual». Tal y tan gran cuestión no es mero halago de la verdad; es más bien, el subsuelo donde se establece el valor moral de la humildad.

Y aunque filósofos hubo que pensaron que la humildad coquetea con el imperativo categórico (en cuanto la humildad confirma interiormente la Ley), no obstante, nos parece que la virtud de la humildad no está regida por Estatutos (i.e. heteronomía).

Sería por medio del imperativo hipotético como se pueden hacer consistir sus alcances morales (incluyentemente, sociales). Eso tendría un esquema positivo así dicho: «si soy humilde entonces pasa esto». En semejante formato se alistan cuatro obvias alternativas: 1) si soy humilde puede pasar esto; 2) si soy humilde no puede pasar esto; 3) si no soy humilde puede pasar esto; y, 4) si no soy humilde no puede pasar esto. Pero como no deseamos entregarnos a los rigores de la formalización lógica –ahora innecesarios–, nos atenemos francamente en reconocer que uno de los contenidos de la primera alternativa es la veracidad. Esto es: si verdaderamente soy humilde entonces soy veraz; parejamente, si alguien es sincero entonces es veraz.

En igual sentido, el valor moral de la humildad resulta defendible en tanto que determina la veracidad de cada ser humano. Dejamos fuera de cualquier duda que los vínculos interpersonales encabezados por la humildad poseen un dictamen meliorativo. Porque al proponer la humildad en ese estrato comunicativo de nuestra existencia uno es veraz con lo que es. Y es que, desde luego, la gente que desprecia la humildad evidentemente más temprano que tarde agravia la vida social.

A todo esto, sumemos que no es necesario ser un Anthony Robbins para acallar –aunque también para encallar– al «gigante interior» que se desvive, por vicio competitivo o por ávida ceguera moral, por hacer imposible ser sinceramente veraz con los demás. Seguramente quien no es humilde no respeta ni confía en lo que él mismo es. Así, muy cerca de la veracidad, la humildad le sigue los pasos a aquella virtud social. Como diría el filósofo colombiano Cayetano Betancur en su obra que no en balde tituló Las virtudes sociales: «la veracidad es un derecho natural que los demás tienen ante nosotros»[8].

Si bien la humildad requiere de la veracidad en las personas, sin embargo por darse en cierto sentido hay obligadamente que darle un matiz: y es que aun siendo de veras humilde moralmente de ahí no se sigue que la humildad respecto de otros aspectos acontezca verazmente. Ser veraz es algo más que ser humilde. Pero una y otra, si son auténticas, exigen expresar la verdad. Mientras la humildad de un individuo no encauce sinceramente la veracidad, estará minando una posición acorde con las buenas relaciones sociales.

4. Es posible que si la humildad se considera virtud, y que efectivamente alcanza cotas de reconocimiento axiológico, aun cabe preguntar esto: ¿la humildad es o no es una garantía de felicidad en el humilde? Bienintencionada pregunta.

Si la humildad tiene una finalidad ésta podría hacerse consistir bilateralmente. Digamos que una se ocupa de la humildad como lo que uno es; y la otra se ocupa de la humildad como lo que uno representa. Hemos de pensar a la humildad como un ingrediente de la felicidad si la auxilia en prevenir los tumbos de falsedad personal. La felicidad acaso podrá ser un mito (como ha repiqueteado el filósofo tan disputante don Gustavo Bueno)[9] pero es cosa ya harto fraudulenta una vez que se le acentúan toques de vanidad. Porque uno de los resortes de la felicidad –aun con todo el perjuicio de su equivocidad– es conseguir nuestra autenticidad. Ser como uno es, advirtámoslo, estructura un dominio de conductas morales: la principal de la cual es aceptarse (aun con la denuncia agustiniana que rezaba: Nec ego ipse capio totum quod sum).

El coraje de la humildad rebosa en el conocido apotegma «atrévete a ser quien eres». Sin embargo, en el fondo, la aceptación de uno mismo no se agota en una sola forma de la «personalidad». Si a ese juicio se le aventara la dinamita del existencialismo sartreano, permitiéndonos transitar de la ética a la ontología, podemos admitir que el ser-en-sí dispone de su libertad para no ser humilde, mientras que el ser-para-otro puede hacer fracasar toda alternativa de humildad, en cuanto que cada ser (o autoconciencia) es capaz de convertirse en un objeto del para-sí aun cuando el otro sea aparente (v.g. soberbio) a los ojos de ese para-sí. Pero dejemos esta mera insinuación a los fenomenólogos más avezados...

En cuanto a la finalidad que decíamos, ¿acaso la humildad de veras asiste a la felicidad? Fundándonos en no confundir la humildad con la mala conciencia, el remordimiento o con la vergüenza, para comprender aquella relación debiéramos reconocer que la humildad custodia lo que cada uno es (potencial o actualmente). Sobre este saber acontece una valoración cuyo fin inmediato es dar un valor a eso que sabemos verazmente de nosotros mismos. He ahí una autodeterminación nada despreciable. Se desenvuelve como uno de nuestros bienes subjetivos sobre todo de un modo en que nos despoja de ilusiones sobre uno mismo. Por esta razón, la humildad presta ayuda positiva a la felicidad sin confundirse efectivamente con ella. El supuesto de felicidad querrá interesarse por la humildad una vez que ésta sea funcional en aquél. Aun cuando la humildad penda de un «principio de la felicidad» no es dable deducir que todo humilde sea feliz o viceversa.

Simplemente lo anterior pretende indicar que la humildad, una vez definida como virtud social implicada con la verdad, posee en ejercicio o en representación partes de harto interés para la «eudemonología». A este respecto, se pueden temperar las expectativas morales de la humildad salvaguardando el valor social de su experiencia. Sea como sea, en tesis general, la cuestión es que la humildad no resulta indiferente a la felicidad, &c.

5. Concluyamos: todo lo anterior convendría conectarlo explícitamente con la meta de una «comunidad crítica» (sea cual sea su soporte ideológico no silenciemos una voz similar en J. D. Perón cuando habló de una «comunidad organizada»). Digamos que si se desea tal comunidad haría muy mal olvidar el punto de vista de las virtudes sociales. Porque hay aspiraciones fijas, anhelos de bienestar; existe una filosofía moral que las reflexiona infatigablemente, pero si no se ejercitan moralmente las virtudes de esa comunidad, siempre de los siempre quedará lejos de la benévola acción. Esa situación es muy problemática.
Desvirtuar la humildad, que es un acto ya de por sí desternillante respecto de la idea de Hombre, dejándola en la visión harto unívoca y monotemática de bajeza humana, es un asunto que no sería pertinente determinar con la vara del cinismo moral. ¿Es que acaso no convendría propugnar por la humildad, en medio de tantísimo desbarajuste moral, a sabiendas de que su pauta principal implica la verdad como fundamento? Esta pregunta hallará motivos de reflexión filosófica una vez que se retomen las preciosuras interpersonales de la sinceridad y de otras virtudes hoy más que nunca añoradas en nuestras «sociedades líquidas».
Así pues, como he intentado mostrar, si la humildad nos fuere ajena a nuestro espacio antropológico de convivencia (privada o pública), está en nuestros actos la posibilidad para resignificar su valor, para con ello criticar las posturas que orquestan la presuposición de que «uno tiene que ser humilde». Es cuanto. □



[1] Servirá advertir que esta distinción (que no es disyuntiva) entre ambientes morales y ambientes éticos la hemos tomado del libro Sobre la bondad (Paidós, Barcelona, 2002) del filósofo S. Blackburn.
[2] Apud León-Dufour, X. et al., Vocabulaire de théologie biblique, art. «Humilité», Du Cerf, Paris, 1971, p. 555.
[3] Comte-Sponville, A., Pequeño tratado de las grandes virtudes, Andrés Bello, España, 1997, p. 10.
[4] Yarce, J., El poder de los valores, Ediciones Ruz / Instituto Latinoamericano de Liderazgo, México, 2005, p. 132.
[5] Jankélévitch, V., Tratado de las virtudes, II, 1, cap. 4. Citado en Comte-Sponville, A., op. cit., p. 149.
[6] Para no dejar vagamente referido este concepto, cfr.: Lukes, S., El individualismo, Península, Barcelona, 1975, pp. 125-132.
[7] Martí, J., Aforismos, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2011, p. 193.
[8] Betancur, C., Las virtudes sociales, Colegio Máximo de las Academias de Colombia, Bogotá, 1964, p. 24 (en la edición digital).
[9] Cf. Bueno, G., El mito de la felicidad, Ediciones B, Barcelona, 2005.

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