Pienso que los días cada vez pasan más rápido. Y siendo consecuente, concluyo que el único lento soy yo: ojalá fuera escurridizo y con fines como lo que sucede. Se va la mañana preparando una clase, leyendo, cocinando, haciendo ejercicio, durmiendo, comiendo; se va la tarde leyendo más, cocinando de nuevo, comiendo, escuchando y escribiendo; la noche mira cómo camino para poder cansarme y lograr dormir. Reviso la clase, miro algunos videos, platico con quien quiera escribir -o cuando quiero escribir-, se escurre el tiempo mientras pienso que se escurre el tiempo. Luego detesto tener que dormir: debería ser opcional.
Pero no dejaré ir. No se me escapa dedicarte unos minutos de mis razonamientos. Te busco mientras planeo: si el segmento sólo es de A hacia B, en medio sé que estás tú. Y si no estás en medio, recorro a B y lo hago punto medio: deja de ser B el punto final y tú tomas el puesto. Eso me gusta más. Y no lo dejaré ir. Si he cantado conspiraciones, tomo un respiro, suavizo mi poca y sosa voz para cantarte algo, aunque no me escuches. Y no te dejo de escribir. ¿Un poema, una canción, una breve historia, una analogía o fundamentar lo que no se debe fundamentar? Me pregunto qué podría escribirte. No sé qué termino haciendo. Y no importa. Sólo no dejaré ir. Y así siento que me voy yendo. Hoy no veo arrugas, pero un día estarán. Hoy duelen los músculos por ejercicio, después será por la edad. Hoy es hartazgo juvenil pero lo confundo con cansancio, después será realmente cansancio. Pero no dejaré ir. Te quiero y no lo haré. Te deseo y no lo dejaré.
M. Téllez.
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