Mírate. Estás de pie, retas a la cámara con una mirada que sólo tú sabes qué quiere decir. El mar luce al fondo. No podrías lucir más que el mar: no tiene caso mentir. Tú perecerás. Tu belleza corporal cambia cada día y tus cansancios se verán reflejados en esas piernas que hoy seducen mis instintos, tu semblante afectará la armonía de tu rostro y tus cabellos: todo apuntando hacia la decadencia. No digo algo grave, así pasa. Así nos ocurre. El mar en cambio, es sublime. Aterra, es inmenso, tal vez desconocido, seduce de manera violenta y tranquila. Y quién sabe si perezca.
Te diviertes. O eso espero. La vida aquí es distinta, no hay mar y yo no deslumbro. Todo es gris, hasta el viento. Cambian las cosas cuando llueve, pero igual que una canción favorita, nos parece tan agradable que ya no distinguimos si la disfrutamos en serio o sólo queremos escucharla porque sabemos que para nosotros es buena. Incluso para lo agradable somos un problema: maldita nuestra existencia. Y si no es nuestra existencia, será nuestra constitución. A pesar de las desgracias, te observo. Por supuesto, no borras las desgracias, sólo tienes los matices precisos para que mi atención se dirija a tu presencia. Algún día tu voz tendrá que decirme algo y yo voy a querer que nos sumerjamos en tu mar.
M. Téllez.
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