jueves, 7 de abril de 2016

Morimos

Cuando niño, todavía podíamos ver atardeceres. Los veíamos porque no había celulares con cámara: quienes toman foto con su celular no están mirando, hay un objeto entre ellos y lo que ven; una obviedad. 
En la escuela, la primaria, durante el recreo o después, tomábamos agua de la llave y nada extraño sucedía. Cinco pesos eran suficientes para comprar tres tacos de guisado y agua de sabor. Creo que éramos más cercanos.
Mirar el agua de algún lavadero era jugar al poético -aunque en ese tiempo seguramente no conocía eso de lo poético (supongo que hoy tampoco)-. Líquido cristalino, suave y perfecto. 
No sólo éramos un tanto más cercanos, no conocíamos la cara del delito, de la injusticia, estábamos lejos de la palabra 'feminicidio'. 
Hoy ya no veremos atardeceres, para qué fingir con medidas que nunca van a servir. Cada que voy a algún sitio, el humano promedio tiene un puto celular en las manos -he de confesar que en mi caso lo cargo para escuchar música, luego de eso (cualquiera que me conozca) es guardarlo y si acaso sacarlo si recibo una llamada (eso si no lo apagué) (las putas aplicaciones quién sabe para qué les sirvan a los demás {a lo mejor nos dicen que para comunicarse mejor... ajá})-.
Estamos contaminados. Así nos vamos a morir, jodidos, tristes, estresados y con los ojos, el corazón, los pulmones y las ideas llenas de humo. 
No son palabras de pesimista: es una descripción y una predicción. Tú quieres cambiar al mundo, eso es genial, ¿ya revisaste tus pensamientos? ¿son aplicables al mundo? Imbécil.
No nos creamos salvadores si nuestras ideas no son aplicables, consideremos como el resto, véanse como el resto, no pasa nada. Sean sinceros consigo mismos: qué jodido debe ser tener impulsos latentes de rabia lista para ser arrojada al mundo y que las ideas estén manchadas con pensamientos tan delicadamente ridículos que no tienen aplicación. Van a morder igual que un animal.
No nos pregunten cuál es la respuesta, porque los gusanos no escuchan. 
Seguiremos buscando, si es que una vida es suficiente. Pero, no veo razones para apresurarse: toda la vida han creído que Dios les va a ayudar y siguen confiando. ¿Por qué no puedo hacerlos esperar también? 

M. Téllez. 

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