Otra vez he tenido rechazo a dormir. La primera razón es porque he insistido en que dormir debería ser opcional. Sin embargo, ahora, cuando contemplo la oscuridad, intentando encontrar una razón interesante y no biológica de nuestro dormir, distintos momentos aparecen en mi pensar. Comienzo a querer no prestarles atención, pero luego pasan de ser imágenes a latidos, sensaciones y, finalmente, el paso peor: imaginación.
¿Cuántos segundos no he pensado en finales que deseo darle a nuestras despedidas, momentos en silencio, inquisiciones profundas o miradas que aún no sé qué impliquen? No pretendo hacerme el poeta, el profundo o algo así, siempre he creído que es sencillo comprender las palabras: el problema es que la gente no usa bien sus ojos, su entendimiento, su voz: su existencia. Con esto no implico que tengo la receta de la existencia: sólo estoy implicando que no comprenden las palabras, y luego sugerí distintas causas. Y su existencia, como corolario, carece de alguna raíz interesante.
En la oscuridad, puedo imaginar que juego con tu pelo, que retiro aquellos cabellos de tu frente, te doy un beso, observo tus ojos, tus labios, sonrío intentando ocultar los posibles nervios, y declaro que me alegro de que estés en mi vida. También puedo imaginar que por esta vez no quiero morir.
Quizá es la costumbre ancestral el querer ignorar los momentos, pero no he podido. Ya ni siquiera se trata de querer hacerlo: me gusta. El cielo sin luz me parece el techo adecuado para invitarte a sentir notas, pensamientos, y todo aquello que en ese momento estemos dispuestos a dar.
M. Téllez.
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