Febrero de algún año. Tuve una rememoración -así la llamaré, sea correcto o no- al repasar tinta ya casi no legible por el paso de los años, no por la fuente.
Sentado en el sofá que permitía una vista por la ventana, te miraba y no sé qué pasaba por mi mente. Te acercaste más de la cuenta y yo como el animal que era, ataqué tus labios. Tú guiaste mis manos por diversas partes de tu cuerpo, por dos segundos me pregunté qué ocurría y si así debían ser las cosas: pero era un animal. Nos largamos a una habitación.
Va a ser bien. Temblor y ardor corrían por mis brazos y piernas, y mis ojos se sumergían en un proceso que desconozco hoy día, no en aquellos tiempos.
Así. Siguiendo con la rememoración, sé que concluí que era una figura más en tu colección. Aquel temblor y ardor murió junto con los demás instintos. ¿Así eres? Se acabó.
Lo que siguió no tiene importancia: palabras.
Ya te di algo, ¿no era lo que querías?
¿Quién o qué crees que soy? Pregunta retórica con tintes ciertos.
Lo que siguió no tiene importancia: persuasión.
M. Téllez.
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