miércoles, 25 de noviembre de 2015

Rito

Caímos

Nuestro avión se desplomó en el mar. Logramos acuatizar, aunque salir de las entrañas de aquella ave de acero era la nueva prueba de supervivencia. La situación se medía en segundos y en sagacidad. Algunos hacían para despertar a los inconscientes, yo viajaba solo y pensé que ya nada me detenía: no había circunstancias para decisiones éticas, era mi vida o mi ingenuidad.
Logré hacerme de un pedazo de asiento, no sabía si el material me mantendría a flote, pero esas dudas sólo estorbaban mis decisiones. Fui el primero en salir del avión y de adentrarme al mar. Alcancé a ver una especie de isla, sólo me interesaba llegar a tierra. Ya había avanzado bastantes metros, ignoro cuántos, siempre he sido pésimo para calcular distancias, pero alcancé a notar que sólo unas siete personas más lograron salir del avión. Al menos cuatro de ellas conscientes, los otros cuerpos eran arrastrados. 
Ya había oscurecido cuando llegué a la orilla del mar. Comencé a sentir frío y no sabía cómo diablos iba a conseguir un lugar cálido. Ya no veía a las personas que también salieron del avión, así que esperarlos no parecía una opción, además de que en esas circunstancias y en aquel sitio, no sabía si iban a transformarse en salvajes o si estarían dispuestos a realizar consensos para asegurar nuestra vida. Preferí no averiguar nada y comencé a caminar palmeras adentro de aquella isla.
Me hice de un tronco mediano como bastón y como arma. Sólo pensaba en no encontrarme con animales, pues ignoraba la calidad de aquel lugar, si era hostil y con la clásica guerra entre especies predadoras vs presas, o si a caso reinaba la tranquilidad temerosa de un lugar no explorado. La vida de humanos jamás pasó por mi mente.
Me pareció ver a un titan encorvado, con el pelo largo apenas siendo movido por el viento que lograba entrar entre palmeras y más flora que ante mis ojos sólo eran árboles y arbustos. Mi ilusión del titan fue mi refugio, se trataba de una especie de palmera encorvada, no podría llamarla con forma de cueva porque no se podía ingresar en ella. Las demás hojas que estaban por encima de lo que parecía la cabeza del titan fueron mis cortinas, y la arena que se hallaba en ese sitio era cálida, o al menos así la percibí. Ahí decidí dormir. 

M. Téllez. 

martes, 24 de noviembre de 2015

Sueño

Escribía en mi escritorio improvisado. El contrato fue que debía entregar 75 cuartillas por semana. Jamás había escrito pensando en que mi nombre estaría en la portada de las publicaciones. Los seudónimos me hacían creer que no era yo quien redactaba documentos, pero esta vez era diferente. 
Maté a tantos seudónimos con ansias de que en realidad fuera mi pluma la que volara sobre las hojas. Tal vez no debí hacer tal cosa, ahora ya no encontraba nada. Antes creía saber qué podía decir yo y no mis seudónimos, lo que decían ellos era hipotético, idealizado. En cambio, yo conocía mis variables. Descubrí que esa magia de pasar de lo idealizado a lo que es, era eso, magia. Como sacar un conejo del sombrero. Sin truco. Estaba perdido. 
Pero quien escribe también es sensible a las situaciones, aunque su actitud refleje que no es así. Nuestro espacio es una hoja en blanco, no el espacio entre dos o más personas. Al menos ese es mi caso. Las situaciones me habían arañado tanto que era difícil hallar una superficie sin daño en mi piel, en mi razón o en mi corazón. Hay que morir.
Alguien se acercó a mi escritorio, ignoro cómo entró al estudio. Arrojó sus mejores insultos contra mí, yo permanecí incólume. Todo cambió cuando sacó una pistola de su saco y la colocó en mi escritorio. Añadió algún adjetivo más a sus insultos y puntualizó que era capaz de matarme. Ya no estaba incólume, la oportunidad estaba frente a mí y una extraña ansiedad y sed estaba empezando a crecer en mis entrañas. Hazlo, le dije. Tomé el arma, giré el tambor, podía saborear las balas y su brillo era tal que comprendí a los ambiciosos de diamantes, perlas, rubíes y otras baratijas. Mátame. Mi visita disfrutó de mi petición, como cuando aquella sensual chica al final de la barra te guiñe el ojo y minutos después te pide que la lleves a otro sitio. Tomó la pistola, fijó el cañón en mi frente, sentí la caricia del arma y sólo me preguntaba si lograría escuchar la sinfonía del balazo que anuncia la muerte. Disparó. Seguía con los ojos abiertos, la visita sólo señaló mientras reía suavemente: ¿para qué quieres morir? Tú no temes morir, qué peor tragedia para alguien. Se marchó.
Un rechazo más. Los labios que quise besar al final se apartaron de mí, igual que experimentar la frialdad de unos muslos que por más que acaricies y logres ver y sentir a plenitud, jamás darán esa magia que esperas. Setenta cuartillas aún aguardan en la mesa y sigo sin saber cómo mis palabras pueden ser mías. 

M. Téllez.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Acusar

Memoriza
no, no lo hagas
Sigue adelante, no mires atrás
lo harás, mirarás... y aunque no, habrá dudas
No tengas miedo, siempre habrá alguien
es falso, hay gente hecha para vivir sola sus penas
No te rindas, el dolor agudo, no dura; si es leve, para qué atormentarse
cómo tener certeza de lo pasajero... ¿qué tal si ya has caído demasiado?
Qué importa la gente, debes cumplir tus metas
no te engañes, te importan los juicios de las personas, hasta su mirada
Fíjate en tu interior y en el alma de los otros
no podrás hacerlo mientras anheles irte lejos porque los símbolos te obligan a querer consumir
Alguien te amará como te lo mereces
no meremos nada, ya deja de lloriquear...
Todos tenemos un fin, los obstáculos son para disfrutar la victoria
las desigualdades profundas no se borran ni dan fuerza las frases de cereal
No te aflijas, nada es para siempre
qué aburrido decir tonterías de un tiempo del cual no tenemos certeza: sólo es aquí y ahora
Da todo lo que puedas
somos ignorantes de nuestra condición y si algún día nos la tomamos en serio
  haremos con ayuda, por circunstancias y oscuridades... nunca sabremos de nosotros. 

M. Téllez.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Adiós

Pocas veces me resulta difícil iniciar un escrito que no sea escolar. Claro, no quiero decir que sea siempre fácil, sólo que tengo en mente el objetivo o la finalidad que quiero exponer y eso lo hace no tan difícil. Esta vez es difícil. 
No sé si iniciar diciendo lo que no quiero que pase o lo que no quiero que se interprete. Ese anhelo de dictar cláusulas ocurre a menudo cuando uno tiene deseos de que todo tenga un buen final. Se trata de un anhelo que nunca se logra. 
Siempre deseé una charla directa, con una rica agua de frutas, té, café, la bebida que te guste -Coca Cola, a lo mejor- y yo -si no te molesta- quizás con un trago de oporto o ginebra. Ya no estoy tan seguro de si bebería, hace unas dos semanas alguien me dio un escenario y decidí no beber cuando el tiempo pende de un hilo que alguno de los partícipes puede cortar, sea porque no tiene importancia en ese tiempo o sólo porque el hilo se desgaste por el tiempo mismo. Tú y yo ya no hablaremos.
Quise saber qué se siente compartir tiempo de verdad con alguien. No importa si no todo fuera lujos, salidas de nuestros horizontes, momentos inagotables de pasión, de emoción, sólo pensaba en que podría respirar y andar tranquilo por un hogar sabiendo que tenía una compañera. Tú y yo no vamos a estar juntos.
La intriga por saber quién eres hoy y cómo cambiarás estaba en mi mente. Estamos constituidos de tal manera que nos interesamos por la gente. Yo tenía un interés por ti -es probable que aún lo tenga, lo que no sé es si siempre lo tendré y porqué debería tenerlo después-. Mi interés por ti y la intriga me rondaban en muchos tiempos del día y de los meses. Parece que ya no podré conocerte como deseaba.
My heart has become a cold and impassive machine, dice una canción. Decidí modificar esa máquina con tal de hacer y sentir cosas que de otra manera no hubiera sido posible. Sostengo que tú por diversos factores no atendiste mi llamado y luego se cruzó frente a ti alguien que al menos podía darte un ramo de rosas y llenarte de besos -como cualquiera puede hacerlo-. Por más que desgastara mi pluma y mi imaginación, tal vez hasta ahorros, por dar una sorpresa, yo nunca estaría a ese nivel -el simple dar-. My heart has become a cold and impassive machine. Again. 
Me siento roto. Que quede asentado que tú no eres la causa de que me rompa cada vez más. Eso sería lanzar un cuchillo contra ti ya lleno de sangre, mi sangre. Me he ido rompiendo desde hace tiempo, a veces olvidaba mis vacíos, en otros momentos me cosía como y con lo que pudiera. Casi siempre con pensamientos. Llegué a pensar que contigo ya no necesitaría de tantos pensamientos, sino que podría mostrar quién soy. El problema es que ni siquiera sé quién soy, y no es una frase cualquiera. Tengo herencia genética que implica que no soy único, el carácter también se hereda, los gustos, la ciudad te moldea, los símbolos hechos para consumir nos hacen querer, la gente nos confunde, los sucesos nos empujan y ante todo esto, tenemos que decidir. Cada que damos un movimiento damos por sentado que somos alguien, como si lo supiéramos, creo que eso es decir demasiado y en el fondo es decir nada. Caminamos sólo porque estamos constituidos de tal manera que podemos hacerlo. Cómo, entonces, podría creer que contigo sería yo, si 1) tú estás en otras circunstancias y si 2) ni siquiera sé qué me hace ser Miguel. Insinuar otra cosa es hacer ignorándome o engañándote. 
Adiós. Decir que nuestro tiempo ha terminado es exagerar, porque el tiempo nunca fue nuestro y no es de nadie, el tiempo siempre seguirá mirando cómo nos hacemos viejos y nos cansamos. Verá cómo nos morimos poco a poco. Pretender tenerlo no tiene sentido. Aprovecharlo y perderlo también es un sin sentido. Hacemos lo que creemos que es conveniente, lo cual no implica aprovechar el tiempo, que miremos el reloj o el calendario con angustia es porque creemos que es angustioso: borra ese sentimiento y verás que ni es aprovechar ni es desperdiciar. 
Ignorancia. Quién sabe qué pasará ahora es una obviedad. Y aunque cada vez que sigo presionando letras para decirte algo me dan ganas de borrarlo todo porque quizás no tienen caso las grafías, pienso que si no hago esto, no podré hacer algo después. 
No tengo qué darte ya ni creo que tú puedas hacer lo que ignoras. A lo mejor pedir palabras es pedir demasiado. Ya conozco la objeción a las palabras, que es el hacer. Pero, piensa, dado que es imposible hacer de la manera que tú buscas -y que implica un interés-, el otro medio eran las palabras, y ciertamente no es tan difícil. En una ocasión me señalaste que no hacer sólo porque el pasado modifica no tenía sentido para ti, pues hay circunstancias del presente que son distintas a ese pasado y por tanto, cabe la opción de hacer. Lo mismo te diría si me señalas que lo tuyo no es escribir. Sin mencionar que jamás pedí un poema o una novela, ni siquiera un ensayo. 
Te quiero. Resuelve las dudas que tengas y sigue con tus acciones que tanta admiración causaron en mí. Ya no guardes silencio, porque si alguien conoce la sed de palabras, estoy seguro que esa condición la conozco muy bien. Ofrece palabras que de hecho sabes articular de manera precisa, no las desgastes como en aquel caso que me narraste discutiendo con alguien vía mensajes de celular. Jamás te causé en estos años disgustos como los que los demás te causarán y mi sed sólo era de grafías. Quiero reclamar que diste ese bien a otros que se irán, mientras que yo que quise esperar y quedarme y pedía ese bien, ahora me voy. Me iré sediento, lo cual no implica que con rencor. 
Si es que algo queda, eso tú lo puedes averiguar con tus acciones. Si no haces, es una obviedad la conclusión.

M. Téllez.

jueves, 29 de octubre de 2015

Comiendo rosas

Dos rosas que si bien eran entregadas en una maceta, nadie notaría diferencia con lo que vimos. Una pareja de jóvenes: esos que aún se besan en todos lados como si los besos se acabaran o su sabor después se agriara -tal vez así sea-.
Nos reímos de las rosas. Recordé cuando hace tres años fui un 31 de diciembre a su casa a desearle feliz año y le entregué un ramo de rosas. Las rosas que entregué ese año eran flores tocadas por la mano de Dios en comparación de aquellas cosas que vimos. 
Unos tragos más, diciendo algo de las damas e invitándole un trago a una mujer que estaba a nuestro lado, seguíamos sonriendo. Insistí en que esa mujer -a quien le invitabas el trago- se veía de edad más avanzada que la nuestra, a pesar de que señalabas que no, que tenía cerca de 19. Un misterio es la edad.
Volvimos la vista a la pareja con rosas, la chica mordió un pétalo y lo masticaba. ¡¿Qué carajo?! Exclamamos. No importa, algunas ganas de masticar o de probar algo natural. Luego, observamos cómo el chico -la pareja de la chica- descendió del camión y llevaba una rosa. ¿Por qué alguien se iría con las flores que tal vez dio? No, tal vez se quedaron ambos con una rosa: cada quien con una rosa. Eso tenía sentido.
Siguió el viaje. La chica se levantó de su asiento, volteó a mirarnos, primero lo hizo porque seguro notó que preparábamos el último elixir que acompaña nuestras palabras, después sólo nos miró. Qué importa. Al bajar, no llevaba ninguna rosa. Extraño. A lo mejor la guardó. Continuamos con las risas.
Parada final. Me levanto del asiento, acomodo mi mochila y sé que ya pronto llegaré a casa. ¡Mira! - me gritaste y entonces regresé para saber qué veías. Una rosa tirada en un asiento. 

M. Téllez. 

sábado, 24 de octubre de 2015

Nula dignidad

El debate acerca de la dignidad humana es uno -de entre tantos- de lo más interesantes en la filosofía moral. Hemos dado por hecho -explícitamente o no- que poseemos algo que llamamos 'dignidad'. Sin embargo, ¿qué queremos decir con 'dignidad'?
Las discusiones respecto a la DH toman como punto de partida la noción kantiana de dignidad. De manera muy breve, lo que nos dice Kant es que al ser autónomos -y lo que implica esta idea en Kant- es lo que nos hace dignos. Dignidad es un valor intercambiable y que no tiene precio. Desde este punto, ya hay discusiones. Para darle mayor apertura a esta postura kantiana, digamos que también los seres heterónomos son dignos. Es decir, aquellos que tengan humanidad -capacidad de darse fines a sí mismos (sin importar qué clase de fines). 
He dejado muchos matices de lado, aunque realmente la discusión gira en torno a la idea de autonomía y razón práctica. Esta definición de DH es excluyente: porque no da cuenta de los bebés, enfermos mentales parcial y permanentemente e incluso, de personas en estado vegetativo. Los kantianos han hecho esfuerzos para incluir a esas personas en la definición de dignidad humana. En el caso de los bebés, dicen que están en proceso de adquirir autonomía o tener razón práctica. En los otros casos, no dan una respuesta convincente -si a caso el argumento respecto a los bebés es convincente-.
Hoy día, Waldron entró a la discusión y fundó la dignidad humana como un principio fundacional: somos dignos. Es decir, este principio funciona como axioma para luego erigir otros principios o postular normas -o deberes-. Somos dignos y se acabó, podríamos decir. Esto tal vez no les guste a los filósofos -especialmente a los que creen en la dignidad como si tuviera realidad o existencia en los hechos morales (si a caso creen que existen los hechos morales {que sabemos -o discuten- que son distintos de los hechos físicos}). 
La respuesta de Waldron es interesante porque no es excluyente: todos somos dignos y es todo. Claro, él hace una defensa y explica más su postura; aunque la idea es básicamente esa. 
Escribo estas líneas porque lo que quiero exponer es que no necesitamos apelar a la dignidad para defender los derechos humanos o daños tales como la humillación. 
Se dice que tenemos dignidad porque se cree que la vida tiene algo de especial o de valiosa que la hace digna. Al atacar eso especial, es cuando hablamos de alguien indigno o de humillación. Así que el argumento -hay que llamarlo beta- lo podemos escribir así: a) Si es el caso que tenemos dignidad, entonces b) hay alguna razón -al menos una- para decirlo. Esa razón, insisto, es que nuestra vida o es especial -que posee algo especial y por ello es especial- o tiene algo que la hace valiosa. 
Tomando en cuenta el argumento beta, b es un supuesto que a la luz de una reflexión seria, no tiene cabida. No hay algo de la vida humana que la haga especial ni valiosa. Y si es el caso que decimos que hay algo que es valioso o especial, ese parámetro excluye y, por lo tanto, no tiene caso que lo usemos para defender el argumento beta -quien que sea razonable no acepta un parámetro excluyente-. 
Ahora bien, al negar b del argumento beta, negamos a. Así que no tenemos dignidad. La sentencia que acabo de decir -no tenemos dignidad-, no implica una carga negativa, sólo expresa que esa idea que llamamos 'dignidad', ha estado fundada en un supuesto ilusorio. En mucho tiempo ha quedado claro que el ser humano se ha dado un lugar especial en el mundo por creer que es valioso o especial. Esto es creer demasiado. Si hacemos una reflexión seria, debemos entender que ni somos valiosos ni especiales en alguna manera objetiva o universal -entendiendo universal a lo Kant o a lo Sto. Tomás-. En todo caso somos valiosos o especiales para otras personas o para que nuestra especie siga sobreviviendo. Esa razón no dice mucho, pues incluso los animales valoran a los de su especie -experimentos para corroborar esto hay de sobra-. 
Mencioné que la dignidad humana se utiliza para defender los derechos humanos. Una objeción que podría hacerse a la tesis de la nula dignidad -lo que he defendido- es que si negamos la dignidad, entonces los DH se ven en peligro. Esto es conjeturar de manera apresurada. Podemos fundar derechos humanos sin acudir a la dignidad. Usualmente los derechos humanos son pensados como una esfera mínima que tenemos que poseer para vivir una vida que merezca la pena ser vivida. Partiendo de esta definición, no hay razones para hablar de dignidad humana. Sólo hay una esfera mínima de necesidades que deben respetarse, y nuestros derechos humanos siguen intactos. 
Hemos estado hablando de una especie de valor que creemos tener y que, como ya vimos, ha sido sólo una ilusión causada por ignorar nuestra condición natural. Todos somos débiles y en ese caso, debemos tener una esfera mínima que debe ser protegida -que son los derechos humanos-; esto no implica que debamos apelar a la dignidad humana. Por lo tanto, incluso cuando la gente de manera vaga habla de dignidad, sólo apela a una especie de condición, aunque esta condición está fundada en la vanidad o en daños que creemos que no nos deben hacer. En todo caso los daños que no nos deben hacer son aquellos que dañen nuestra esfera mínima. 

M. Téllez. 

viernes, 23 de octubre de 2015

Encuentro

Hace tiempo que no la veía. No, este texto no es para ti ni para ti, es para ella. Últimamente todos se ponen el traje de mis palabras. Y aunque alguna vez explique, jamás creen. Más pereza. No importa.
Llegué tarde, cinco minutos después. No es tanto tiempo, aunque mi puntualidad siempre está ahí, pasa desapercibida: como esas virtudes grandes que luego no se ven. Todo fue con una cadencia que hace tiempo no apreciaba. Tuve tiempo de respirar, de aceptar mis errores, de mirar mis pretensiones, en una sola palabra, de ver que ya no soy el mismo. Tú tampoco eres la misma. Dice una canción española: hace tiempo que ya no te veo, ¿habremos cambiado? Quizás a peor. Exactamente no sé si hayamos cambiado a peor. De ser el caso que sí, seguro soy quien tuvo esos cambios.
Noté que mirabas mis labios y no sé porqué. Pensé que me habían quedado residuos de la comida que acompañó la plática, pero no fue así. También pasó por mi mente que a lo mejor temblaba alguno de mis labios, por una especie de nervios, de esos que están ocultos y  los sentimos hasta que una parte de nuestro cuerpo nos delata. Pero tampoco fue así. 
También te miré. Hace tiempo que no veía unos ojos tan claros, unos labios tan finos y una boca que se puede dar el lujo de hacer las muecas que desee. Sólo he mirado ojos perdidos, cansados, irritados; labios olvidados, resecos, y bocas que sólo son bocas. 
Hubo silencios. Desde hace meses que no experimentaba el silencio agradable, sin inquietud de querer decir algo para que desaparezca esa ausencia de voces. 
Hay personas que arrastran los dolores de las palabras que interpretaron a su antojo, eso y más cosas. Nosotros no arrastramos nada. Fuimos nosotros, hambrientos o fingiendo tener hambre, lanzando palabras de millones de instantes que han pasado. No agregamos juicios de valor a nada, al menos no exponiendo arduas justificaciones de nuestras concepciones del bien. No había pereza. 
Como en cualquier circunstancia, un buen trago tenía que estar presente. El líquido aguardó, porque no me permití combinar ese placer con otro placer -el compartir palabras y espacios contigo-. Fue una buena decisión. Seguro que lo haría de nuevo. 
Después, el adiós. Sin esperanza de nada, un adiós. Tal vez tuve un impulso -los primeros movimientos-, aunque mi condición de ignorante y mi anhelo de condición estoica me hizo tener a la mano una pasión adecuada. Aunque no hay razón de engañarme, hubiera dado vuelta, regresar unos pasos y verte, aunque no supiera para qué -o tal vez sí lo sabía-. 
No sólo mi pluma descansa cuando te cuento cómo las personas se molestan por mis líneas, por mis creencias y por mi manera de hacer. El hálito que en ocasiones puedo percibir dentro de mí, se tranquiliza. Es preferible para mí seguir así, dándole descanso a mi pluma y que mi hálito encuentre calma. Sólo no debo cruzar la línea para sentir apego en hechos que no dependen de mí. 

M. Téllez.