sábado, 19 de noviembre de 2016

Una sonrisa

Lidiar con un lego, necio y algún otro adjetivo que quieras sumarle a ese espécimen de cobarde que he tenido la fortuna de conocer en estos meses, y luego convivir con los demás cuerpos que aún no sé si sabrían qué es lo mejor que pueden hacer si les doy un arma, ensucian más lo que ya está permeado de porquería: la vida. 
 Es un lloriqueo sustentado en la suposición de que esa gente hace uso de la razón: si fueran más o menos racionales, no harían estupideces. Hacen un montón de estupideces: la conclusión es obvia. 
 Me dibujaste una sonrisa. Tal vez debería decir: trazaste una sonrisa mía con tus manos. 
 Un acto sencillo, pero terriblemente contundente y hermoso. En medio de las calles, esquivando al viento, y a los autos, sonreí por ti. Aquel trazo ha sido la creación que más me ha sorprendido de las experiencias que tal vez he vivido. Fue como una especie de consumación, donde no ocupaste de un argumento ni de algo parecido: llanamente me plantaste un gesto. 
 Todavía en las calles, se nubló mi vista. Me sentía tranquilo por unos segundos. La noche era mía. 

M. Téllez.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Inciertos

Uso lentes. Estoy escribiendo sin lentes. Me pregunto si dentro de diez años esto me afectará. Me pregunto si dentro de diez años estaré vivo. Y me cuestiono porqué es que sigo vivo todavía.
 Te quiero, y aunque mis críticas hacia lo jodida que es la vida, mi desesperación por saber qué hay de eterno, mis ganas de firmar con energía en un punto donde converjan todas las miradas en algún segundo siguen, sé que esos juicios no tienen que ver contigo: me haces tanto bien que te quiero. 
 Fuerzo mi cerebro para lograr sentir mi sangre. Hasta ahora sólo he sentido la urgencia que desprenden mis pulmones: ocupamos abrigo, y veo que su grito es color gris, casi blanco: blanco nieve: tanto frío en mi interior. Porque hace frío.
 Desde hace unos días que mi interior quiere expulsar palabras en forma de canto: pero las circunstancias no nos dejan ser libres. Puto mundo. Pinche vida. Se me ocurre cómo reírme de Dios, pero sólo pienso.
 Si dejo algo, sé que no será para los básicos, así siempre pasa con quienes son semilla, pero de aquellas que se excluyen de la industria de los tiempos: decadentes por no tener nada interesante: se puede tener algo interesante y saberse decadente.
 Me preparo para saberme humano unos segundos. No pasará. Las lágrimas han dejado de existir en esta maquinaria hace un tiempo: incluso sé la fecha de caducidad exacta. 
Son un producto que pueden volver a estar en venta: o eso creo. Seré productor, pero no adivino. Seré escritor, pero no indulgente. Tendré finalidad, pero aún no encuentro mi comienzo. 

M. Téllez. 

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Ingeniería genética y música

Hoy día una frase muy sonada es: la ciencia avanza muy rápido. Es tan dicha que no se le toma importancia. Lo que quiero hacer en este escrito es plantear un problema que genera el ámbito de la manipulación genética –asociada al nombre de ‘bioingeniería genética’- al campo del estudio filosófico de la moral –la ética-, y finalmente expondré un caso que llamó mucho mi atención.
Michael Sandel, un filósofo estadounidense, tiene un gran libro –Contra la perfección, la ética en la era de la ingeniería genética- donde expone distintas problemáticas que suscitan los avances de estudios en el área de la genética. Aquí quiero centrarme en la problemática, tal vez, central de ese libro: ¿qué razón moral tenemos, si es que la hay, para rechazar las mejoras genéticas?
Una pareja de lesbianas quiere tener un hijo. Ambas personas son sordas, y quieren que su hijo sea también sordo. ¿Por qué? Porque están convencidas que ser sordo no es una discapacidad, sino un estilo de vida, tal rasgo forma parte de su identidad.  Sharon Duchesneau y Candy McCullough acuden a una institución donde se trabaja con este tipo de asuntos: manipulación genética para hacer que el hijo tenga determinados rasgos (Sandel, p.1). Sharon y Candy obtuvieron lo que querían: un hijo sordo. La pregunta interesante es: ¿es incorrecto moralmente diseñar y traer al mundo a un hijo sordo?
Otra pareja quiere tener un hijo. Esta pareja colgó un anuncio en el Harvard Crimson (Sandel, p.3), donde se buscaba a una donante de óvulo: pero no cualquier donante, debía medir 1.77mts, atlética, no tener antecedentes de enfermedad en su familia y haber obtenido una nota alta en el SAT –superior a 1,400-. Se ofrecieron 50,000 dólares para la donante. ¿Es correcto moralmente buscar traer un hijo ‘mejorado’ al mundo?
Los casos anteriores los plantea Sandel al inicio de su libro (Sandel, p.1-5). Y la pregunta sigue latente: ¿es correcto alterar genéticamente a futuras personas? Parece intuitivo para algunas personas, a menos que tú digas lo contrario y expliques tus razones, que no es correcto traer a una persona con discapacidad. Sin embargo, ¿por qué creemos que sí es correcto traer a una tal que posea mejores capacidades?
No hay duda de que abrazamos las terapias génicas: intervenir en la genética para ayudar a una persona a superar una enfermedad. Pero, ¿abrazaríamos las terapias génicas para mejorar las habilidades de una persona? Si sí, ¿por qué? Si no, ¿por qué? Estas preguntas son las que surgen en el examen filosófico en el campo ético por los avances de la ingeniería genética.
Ahora bien, Sandel plantea distintos ejemplos en determinados casos reales: clonación con gatos, mejoras en humanos en su musculatura, memoria, altura y la selección de sexo. Posteriormente pasa a poner ejemplos en asuntos de atletas. Y entre estos casos, habla de la práctica musical, y este es el caso que quiero exponer.
En el ámbito de la música clásica, hay intérpretes que toman ‘beta-bloqueadores’ para superar su pánico escénico. Una vez que ingieren tal medicamento, disminuye su ritmo cardiaco, baja el efecto de la adrenalina y sus manos no les tiemblan. La objeción a esta práctica es obvia: eso es hacer trampa, el ser un buen músico implica controlar esos miedos. Quienes defienden el consumo de beta-bloqueadores, argumentan que ingerir ese medicamento no influye en ser un gran violinista o pianista, sencillamente elimina un factor para que los intérpretes puedan mostrar sus verdaderos dones musicales. La pregunta en este debate, Sandel la plantea muy bien y lo citaré: “¿Es la ecuanimidad ante un auditorio repleto una virtud intrínseca de una gran interpretación musical, o es meramente incidental? (Sandel, p.58)
El segundo caso, dentro del mismo campo musical, es acerca de las mejoras mecánicas en lugar de farmacéuticas. Las salas de ópera, como lo narra Sandel, han comenzado a implementar la instalación de sistemas de amplificación de sonido. Para algunos, tales medidas ensucian y degradan lo que la ópera realmente es: la voz humana, en la ópera, debe llegar hasta el rincón de la sala donde se presente. La pregunta es: ¿abrazar o no las nuevas tecnologías? Hay quienes sugieren que pueden coexistir ambas prácticas: una que preserve la ópera clásica y otra que funcione con amplificación. La cuestión a esta alternativa es: ¿realmente pueden coexistir ambas prácticas sin que algo resulte ‘dañado´?
Así las cosas, mi pregunta es hacia los músicos: ahora que hay avances en la ciencia y que afectan también a las prácticas artísticas tales como la música, ¿se deben abrazar los productos que la ciencia nos da o no? ¿Por qué? 

M. Téllez.  

Bibliografía:
Sandel, Michael, Contra la perfección, la ética en la era de la ingeniería genética, {Trad. de Ramón Vilà Vernis}, Marbot Ediciones, España, 2007.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Predador

Confieso que tu violencia de amor me acelera el corazón porque me siento en riesgo. Me veo como una presa fácil ante el predador que a priori ha ganado.
 En mi viaje, tomé un libro y comencé una lectura. Más al estilo de leer una novela que de ser detallado. No podía concentrarme. Decidí respirar, acomodé el separador por si acaso y le presté atención a la música que sonaba en los auriculares. No podía concentrarme: una parte de mi cuerpo estaba electrificada, y así como algunos creían en la electricidad animal, yo la estaba experimentando.
 Tus besos, tu pedirme que esperara el siguiente transporte, tu mirada y tu presencia hacían todo y me provocaban tanto. Sin embargo, ese 'tanto' no se compara con las caricias que posteriormente comenzaste a lanzarme. Comencé a gritar: ¡Seeñoor! Y tú sólo te reías. El predador jugaba con su presa. Y me gustaba. 
Seguías con tus caricias y me supe vencido. Decidiste dejarme irme vivo, o al menos yo creía que estaba vivo: quizá tú sabías algo que yo no.
En mi viaje, el no concentrarme y saberme electrificado: supe que fue consecuencia de tus caricias lanzadas. Mis piernas no respondían y, yo, la presa, quería que mi predador terminara ya con mi vida.

M. Téllez.

Traductor

En su momento no quise ni siquiera derramar lágrimas bajo la lluvia: la clásica imagen extraña para ocultar un sentimiento. Uso esta imagen porque por un momento la tomo en serio, pero ni siquiera eso quise hacer cuando me rompías el corazón durante esos meses de invierno.
 Ya no me acuerdo si fue en este año cuando todavía salíamos. Te acompañaba a buscar libros a la Vasconcelos. Era bastante extraña nuestra situación, podíamos hablar de distintos temas, sean triviales o interesantes, pero algo nos molestaba entre nosotros. Yo no sé qué me molestaba de ti, sólo sentía un berrinche y te gritaba con la mirada. También recuerdo que llegar a la biblioteca no era problema, el asunto del regreso era otra tontería: te preguntaba si querías que te acompañara. Como quieras- respondías. 
 Recuerdo un mensaje explícito: no me hables cuando estés ebrio. Yo sabía que sentías que me burlaba de ti o que quería esa diversión propia de un borracho de esos extraños. Para mí representaba una verdad de la que no podía escapar: aún estabas en mis deseos profundos. 
 Citando a ese cantante español: A mí modo, dí todo lo que fui. Siempre quise, de alguna manera, que tu camino no fuera complicado, y aunque nunca supe bien si yo iba adelante o sólo era una ilusión -como ahora creo que es con todo-, me importaba que tus experiencias fueran buenas. 
Todo esto es poco menos que un montón de cenizas, donde el viento ya sopló muchas veces. Así que esto debe ser producto de la tos que ese polvo me pudo haber causado. Me gusta que sonrías, y aunque es evidente que nunca sabrás de estas líneas, ocupaba hacerme el tonto y decir que el viento sopla muy fuerte y que aún así las cenizas están en el aire. 
Nada tiene sentido. Menos tu sonrisa: todo es una figura literaria patética. 
Sé que si yo hablo de cenizas y si tú eres sensata, te acordarás de mí porque soy traductor de mangas.
Ya no te marqué estando ebrio, y claro que no lo haré. Pero sí seguiré ebrio.

M. Téllez.
Te miro tan de cerca
que te emborronas
y diviso la suerte,
escondida tras dos ojos
que conocen el dolor,
pero lo olvidan.
[...]
A.S