Uso lentes. Estoy escribiendo sin lentes. Me pregunto si dentro de diez años esto me afectará. Me pregunto si dentro de diez años estaré vivo. Y me cuestiono porqué es que sigo vivo todavía.
Te quiero, y aunque mis críticas hacia lo jodida que es la vida, mi desesperación por saber qué hay de eterno, mis ganas de firmar con energía en un punto donde converjan todas las miradas en algún segundo siguen, sé que esos juicios no tienen que ver contigo: me haces tanto bien que te quiero.
Fuerzo mi cerebro para lograr sentir mi sangre. Hasta ahora sólo he sentido la urgencia que desprenden mis pulmones: ocupamos abrigo, y veo que su grito es color gris, casi blanco: blanco nieve: tanto frío en mi interior. Porque hace frío.
Desde hace unos días que mi interior quiere expulsar palabras en forma de canto: pero las circunstancias no nos dejan ser libres. Puto mundo. Pinche vida. Se me ocurre cómo reírme de Dios, pero sólo pienso.
Si dejo algo, sé que no será para los básicos, así siempre pasa con quienes son semilla, pero de aquellas que se excluyen de la industria de los tiempos: decadentes por no tener nada interesante: se puede tener algo interesante y saberse decadente.
Me preparo para saberme humano unos segundos. No pasará. Las lágrimas han dejado de existir en esta maquinaria hace un tiempo: incluso sé la fecha de caducidad exacta.
Son un producto que pueden volver a estar en venta: o eso creo. Seré productor, pero no adivino. Seré escritor, pero no indulgente. Tendré finalidad, pero aún no encuentro mi comienzo.
M. Téllez.
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