Escucho tu predicar acerca de una teoría con la cual podrás conocer. Conocerme. Miento, realmente no te escucho: me contaron, aunque en alguna ocasión me dijiste de tu gusto por esas cosas.
Sueños, en los sueños hallarás mis males, mis creencias, mis anhelos: mi historia. Tal vez mi futuro. Un montón de mierda que quieres oler. Un montón de colores que sólo aquí dentro tienen sentido: y por alguna razón crees que puedes interpretarlos bajo un lente objetivo que, quién sabe cómo, un ser imperfecto como tú dice tener bien pulido.
Los niños, su educación, sus sonrisas y hacer que se sientan bien en el mundo. Hagamos que pinten, recorten, dibujen: a sus 12 años, en el siglo XXI. Ignoremos la biología seria, no le hagamos caso a los avances de las neurociencias: quedémonos con las creencias de alguna facultad, que apesta a encerrada como los curas. El intelecto encerrado pensará que estas líneas dicen que no hagamos sentir bien a los niños: inferencias apresuradas.
La soledad: la perra soledad que te obliga a decir más mentiras de las que yo pude haber dicho en algún momento. Todavía podría inventarme algunas muy buenas. ¿Cuántos lugares genéricos, con personas genéricas, necesitas para apaciguar tu soledad? Es una pregunta genuina: así te ayudo a saber cuántos te restan para que seas feliz: porque se puede ser feliz, ¿no?
Qué sencillo y maleable es su proceder. No hay casualidades, y lo que les ocurre es cosa de su propia ignorancia. Solapar y estar en medio de dos caracteres irreconciliables siempre me ha parecido de lo más extraño: no es brote de mi purismo, llanamente no me explico cuánta flexibilidad -y tal vez hipocresía- se requiere para eso. Y no es como que ocupe ser flexible: no en asuntos así.
Sonrisas de unas horas, palabras sin contenido serio y sin haber sido más o menos pensadas: nada novedoso, se trata de ustedes.
M. Téllez.
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