domingo, 6 de abril de 2014

Violencia en los carnavales

Violencia en los carnavales
El texto anterior que publiqué trató sobre la violencia en los estadios de fútbol, o al menos esa fue la causa por la que decidí escribir esas líneas. Ahora le toca a una festividad que se celebra en el pueblo en donde habito. Esa fiesta es el carnaval, como el que se celebra en otros muchos lugares. Escribiré con la intención de hacer crítica a la gente que participa en los actos violentos y también haré una crítica a los directivos de una comparsa en especial.
  En el carnaval que se celebra en el pueblo donde vivo -Tlaltenco- hay varias comparsas. Las mencionaré: a) el Club, b)la Sociedad, c) Guadalupano, d) Guadalupana, e) Chupamaros y f) Barrio fuerte. Las primeras cinco comparsas es en donde el número de gente -que participa en el carnaval y de espectadores también- es grande. Diré brevemente que es una celebración que 'mi pueblo' celebra con mucha alegría. Hay muchas sonrisas en esos días. También hay peleas. Pienso que las peleas no se pueden justificar, aunque... tengo dudas aún sobre eso. Quizás luego hable de eso, o quizás en éste texto salga a colación algo de eso. Pero primero, narraré una de las causas por las cuales hay peleas en los carnavales. Existe rivalidad entre las comparsas, unas más fuertes que otras, unas dependiendo de lo ocurrido en algunos momentos, ya se lo imaginarán, como esos animales que en algún momento están muy irritables y agreden, igual esas personas. La rivalidad clásica es entre el Club y la Sociedad. No es un mito si alguna vez escuchan que el Club y la Sociedad no deben encontrarse en una misma avenida o calle bailando porque comienzan los golpes. En varias ocasiones algunos integrantes de esas comparsas dejan a lado lo de mito para hacerlo de hecho. Algunos dirán que la rivalidad es antigüa -como si la antigüedad fuera un buen argumento respecto a esto- y que por eso a veces 'se entiende'. O incluso la misma historia de las comparsas suele ser un argumento, más que nada de los 'nacionalistas' de comparsas, aunque no lo crean, hay sujetos que sienten su sangre hervir cuando escuchan hablar de la comparsa de su gusto, sí, como si fuera su patria, el lugar al que pertenecen. Quizás sean dichosos al encontrar el lugar al que pertenecen, o quizás muy idiotas al dejarse llevar por un gusto. Hay peleas por esa causa, porque se topan dos comparsas diferentes y comienzan los gritos de que una es mejor que otra, o el nivel de la música sube y al mismo tiempo el baile incrementa su fuerza, incrementan los gritos, las porras en favor de una comparsa, hasta que aparece alguien que arroja una botella o por alguna causa azarosa comete un acto violento en contra de algún miembro de la otra comparsa, es entonces cuando se desatan los golpes. No hay justificación de lo anterior. Siguiendo aquella cosa' del nacionalismo de comparsa, me parece más que ridículo ese sentimiento... si vamos a ser nacionalistas, ambas comparsas -o incluso, los participantes- pertenecen al mismo pueblo. La madre patria sería Tlaltenco y no la comparsa, esto suena bastante ridículo... por lo cual, creo que podemos apelar al sentido común' y pensar que así sean grupos distintos, no hay motivo por el cual pelear. Falta mencionar que no faltan las bebidas alcohólicas en esta fiesta, lo que le permite a aquellos seres ser animales con facilidad. Ya en el texto anterior hablaba sobre esto. Las causas son así, que hay un grupo de damas que no se lleva con otras damas y comienzan a agredirse verbalmente, hasta que comienzan los golpes. Que si 'x' grupo de charros está estrenando traje deben -o ellos quieren- estar enfrente de todos, pero que los otros -otros- no quieren que vayan adelante, etc... No bromeo, esto de los trajes fue causa de riña en la comparsa del Guadalupano. Qué hombres' tan ridículos. Y quizás lo más ridículo sea la directiva de esa comparsa. No saben qué hacer en caso de lluvia. Esto es en serio, el domingo pasado llovió, de hecho granizó, y los organizadores no sabían qué hacer. Si no saben qué hacer en algo que -pienso- debe ser básico como especie de contigencia', es decir, así como hay indicaciones en algunos lugares sobre qué hacer en caso de sismo, ellos deberían saber qué hacer en caso de lluvia -y no se diga de golpes-, pero decía, si no saben algo básico... no sé qué se puede esperar de una directiva así.
  Ojalá los integrantes de esa comparsa -y de las demás, también- exijan una mejor organización. Hay quienes incluso deben pagar para participar -como en el caso de el Club y la Sociedad- y reciben de garantía una organizción desastrosa, además, no es cualquier cantidad de dinero, esos $600 por lugar en ciertas comparsas quién sabe a dónde irán, ya que la delegación otorga presupuesto a las comparsas. Es muchísimo dinero para la poca cosa que se llega a ver, y sobre todo, para la pésima organización -incluyendo seguridad- que hay dentro de las comparsas. Ya que la gente seguirá bebiendo y seguirán algunos con sus nacionalismos ridículos -que critico ese sentimiento, básicamente, por los que tienen esa emocionan y miran a otras comparsas -a sus participantes- como extranjeros y por tanto quieren agredirlos, ya que sé que hay quienes sufren de esa emoción pero no agreden-, lo mínimo es que las directivas garanticen seguridad, que sepan qué hacer en caso de violencia, o que comiencen por saber qué hacer en caso de lluvia -hablo de esto porque fue granizo, sabemos que la gente puede resultar herida-.

M. Téllez.

Violencia en los estadios


Estadios

Hace unos días se hizo muy sonada una noticia sobre los estadios de fútbol, de la liga mexicana. Me gustaría hablar de esto, y empezaré con una especie de conclusión, quizás es lo que todos los medios de comunicación, y el 'sentido común' al oír sobre ese tipo de enfrentamientos entre aficionados, es lo que dicen. ¿Qué es lo que dicen? Que es un lugar donde va la gente a divertirse, donde los niños van a ver a sus jugadores favoritos, donde las parejas asisten para reír un rato entre apuestas y goles. Supongo que todos estamos de acuerdo con esto, no hay porqué ser violentos en el momento de apoyar al equipo que sea, no somos animales, aunque esas personas nos ayudan bastante a no olvidarnos que sí lo somos en cierto sentido, o en muchos sentidos. Pero, lejos de ese tema, vamos al estadio a gastar dinero, reír, llorar -en el caso de los apasionados- y básicamente mirar un espectáculo.
  Hace unas tres semanas asistí a un partido -del equipo al que he apoyado desde pequeño, Cruz Azul-. Nunca había asistido a un partido profesional. Cuando llegué, el escenario me pareció bastante familiar, "es como un concierto", pensé. Pienso que tengo razón por varias cosas -en mi analogía-, en un concierto todos van de un cierto color -en especial si es concierto de rock, el color negro manda-, en el partido, sencillamente hay un uniforme. La gente en el estadio escucha el nombre de 'x' jugador y comienzan las ovaciones, en un concierto también. Cuando 'x' equipo anota, la gente grita, en un concierto suena el intro de 'x' canción y la gente se emociona. En fin, quiero decir que la gente deja de ser razonable -si es que en momentos lo es- cuando va a un espectáculo, pienso que esto es el factor principal de la facilidad por la que la gente -alguna gente- pierde la 'cordura' -, por usar una frase que creo la mayoría entendemos, vagamente-. No exagero, al partido que asistí había un defensa del equipo contrario que el el color de su piel era 'negra'. Cuando cometía algún error ese defensa, se oían claramente los gritos como de "¡Pinche negro pendejo!", creo que esa ofensa es común incluso con los jugadores que eran "güeros", pero lo que quiero decir, es que en ese caso particular de los jugadores de piel 'de color' -como se les dice usualmente-, las ofensas pueden ser comunes como lo son con otros jugadores, pero la línea es delgada cuando las ofensas adquieren otros matices, llegando al racismo. Pienso que la línea es delgada porque quienes han asistido a un partido sabrán que los insultos a veces causan risa, sin embargo, en ocasiones al ser muy repetitivo, comienzan a generar otro tipo de emociones en la gente. Esto va más relacionado con el tema del racismo, que es de lo más bajo que puede hacer un hombre, supongo que hay otras cosas igual o peor de 'bajas', de esas que nos hacen dudar -al menos a mí me hace dudar- sobre la igual dignidad de los hombres.
  El caso de la violencia entre aficionados, tiene matices diferentes, pero el conjunto de seres que participan en esos actos, es el mismo que el de los que gustan de ofender a jugadores por su "raza", como si existieran las razas humanas. Ese conjunto es el que hace dudar sobre la igualdad de dignidad de hombres, aquellos que son más animales que nosotros, que no soportan ver que su equipo pierde, que el delantero rival finje una falta -aunque debo admitir que eso es molesto en ocasiones, pero hay que entender que es un espectáculo-, en una sola palabra, aquellos que no son razonables. Son las bestias. He pensado que debemos "agradecer" la existencia de esos sujetos, ¿por qué? Porque quizás así la gente rememore que somos animales, que las emociones están ahí, acechándonos, esperando un mometo de debilidad para que actuemos según ellas dictan. Ellos son el vivo ejemplo de esto, cualquier hombre razonable no golpearía a otro hombre solamente porque no comparten el gusto por un equipo, menos porque el equipo del otro va ganando. Leí que en esa situación del partido entre equipos de liga mexicana, la agresión fue porque los policías agredieron... Vaya pretexto ridículo. Con esto no estoy negando que la policía pueda tener algo de culpa', es ridículo porque la causa es la misma, se dejan llevar por sus emociones, como animales. Es decir, que ya nadie puede decirles algo o incluso mirarlos porque se sentirán ofendidos, entonces no son siquiera capaces de ignorar y seguir con su fiesta, dándole apoyo al equipo, cantando las porras, etc. En una sola palabra, son unos débiles de voluntad y nunca se han puesto a pensar sobre cómo reaccionar ante acciones que afecte su bienestar, han estado desperdiciando lo que llaman vida, no piensan. Y es desperdiciar porque es lo propio del hombre, pensar. Ojalá si alguien lee esto, no se ofenda por las críticas 'fuertes', tampoco que pienso que estoy ofendiendo, pienso que es sencillo de entender la diferencia entre animal racional -y agregaría razonable para que sea aún más fuerte la diferencia- y animal. No estoy negando que en cualquier momento todos entramos en el terreno de la emoción, no estoy afirmando -absolutamente- que todos los que asisten a los estadios son así. Básicamente pretendo decir que existen seres así, que ojalá entendieran que nunca van a ganar algo tangible con esas acciones.

M. Téllez.

domingo, 23 de marzo de 2014

El baño es obsceno.

El baño es obsceno. El retrete está iluminado como una pieza de museo, como si la persona que se sienta sobre él fuera de un momento a otro a realizar un performance.
Mi compañera entra a él del lado izquierdo, yo tengo mi cuarto del lado derecho. La luz que me queda más cercana es una luz amable, cálida, distante. El cuarto de baño es un lugar amigable. Pero mi compañera prende, seguramente, la luz que da directamente al retrete porque le queda más cerca. Y es entonces cuando el cuarto revela su carácter más morboso. Ven, caga aquí, que quiero verte.
La luz es ineludible, ciertamente fue puesta ahí por algún ingeniero pretencioso. O simplemente por un electricista incoherente.  
Detrás del retrete está una ventana. Una ventana absurda, enorme, que si llegas con sólo la toalla enrollada alrededor de tu cuerpo y esa ventana está abierta, en el trajín de cerrarla seguramente terminarás mostrando una chichi o los pelos de lugares recónditos. Cabe decir que la ventana da a la calle. Este baño ha sido hecho para mostrar.
Además, si eres descuidado y poco te importa la decencia que raya en lo neurótico, igual te muestras cada vez que entras. Hay edificios enfrente, altos y bajos. El paradero del autobús. ¿Cuánta gente te ha conocido, sin que fuese lo que querías? ¿Habrá videos tuyos en la red? ¿Tendrán muchas visitas? ¿Algún día se los mostrarán a tu mamá?

Esa y muchas cosas más puedes pensar de este baño rosa, femenino. Casi romántico. Pero que en realidad guarda el malévolo propósito de darte a conocer en tus más magras carnes. 

Valencia.

sábado, 22 de marzo de 2014

El mundo como voluntad y representación: libro IV

El primer parágrafo del libro IV contiene lo referente a la conducta humana, Schopenhauer se mantiene exclusivamente en el terreno de la observación y el análisis, bajo el supuesto de que  “la filosofía no puede hacer más que interpretar y explicar lo que es.”[1]Se abstiene e dar preceptos. Esto es así porque el objeto de investigación de este libro IV versa sobre el valor o la nada de la existencia y para dicha investigación, los preceptos morales estorbarían más de lo que podrían ayudar. “¿No es una contradicción decir que la voluntad es libre, y prescribirle, sin embargo, leyes, con arreglo a las cuales debe querer?”[2]
    Cuando Kant fijó los límites de la razón, en realidad fijó al mundo como mera representación y para Schopenhauer éste mundo real y visible en el que vivimos tiene un contenido lo bastante rico como para no ser agotado nunca por el espíritu humano.[3] La clave para Schopenhauer está en no examinar otra cosa más que lo que es, es decir la Voluntad y su espejo la representación, sin embargo, tiempo, espacio y causalidad no son suficientes para entenderla. Él plantea que la voluntad (que siempre es voluntad de vivir, ya que la vida es la manifestación de la voluntad para la representación) es por sí misma inconsciente, pero que en adición con el mundo de la representación, se hace consciente de su querer y del objeto de su querer, esto es el mundo y la vida como son.
   La pregunta por la esencia del mundo, por aquello que nunca cambia, que siempre permanece, Schopenhauer la responde diciendo que eso por lo que la filosofía se ha preguntado tanto tiempo es la Voluntad, es decir que la cosa en sí es voluntad y su aspecto fenoménico es la representación, de ahí que la vida y la voluntad sean inseparables.
    Ahora bien, el individuo es una mera manifestación (individual) de la voluntad, a pesar de que nace y muere está irremediablemente circunscrito al fenómeno de la voluntad y por consiguiente a la Vida “cuyo atributo esencial es aparecer en criaturas individuales, manifestando fugitivamente y en el tiempo lo que en sí no conoce tiempo y debe precisamente manifestarse bajo esta forma para poder objetivar su verdadera naturaleza”[4]. Es decir, que toda la naturaleza no es otra cosa que el fenómeno y la realización de la voluntad. Aunque también es importante señalar que como individuos no somos únicamente subjetividades sino que como cuerpos, somos más que representación, participamos de la cosa en sí, somos voluntad. 
    A la voluntad (como cosa en sí) no le importa la muerte de un individuo, que es un mero ejemplar de su manifestación (y está constituido de tiempo, espacio y causalidad además de un poderoso instinto de reproducción), sino la preservación de la especie. La voluntad como fuerza, atraviesa todas las cosas que desean existir y subsistir, que intentan mantenerse a costa de lo que sea, es una fuerza ciega, acontece sin motivos ni representaciones. Toda voluntad busca afirmarse, pero debe hacerlo a costa de la negación de otra, de manera que naturalmente cada individuo se piensa así mismo como el centro del universo.  “La naturaleza expresa de este modo esa gran verdad de que sólo las ideas y no los individuos tienen realidad verdadera, es decir son la objetivación perfecta de la voluntad.”[5]  El hombre que comprende dicha perspectiva se consuela de su propia muerte y la de los suyos en pos de la vida inmortal de la naturaleza de la cual forma parte él mismo. En ese continuo renovarse que es la vida, el deseo de no morir se presenta como un deseo insensato que únicamente obstruiría a la vida misma.
    Por medio de la causalidad, ese encadenamiento de la conciencia al principio de razón, podemos abstraer lo pasado (un vago ensueño de la imaginación) y el devenir, sin embargo la forma de la vida o de la realidad no es más que lo presente, pues “el presente es la forma esencial e inseparable del fenómeno de la voluntad”[6], está constituido por el punto de contacto entre el objeto (cuya forma es el tiempo) y el sujeto (que no tiene forma pues es la condición de cuanto puede conocerse sin ser conocido). Donde el objeto es la voluntad hecha representación y el sujeto es el correlativo necesario del objeto.
    Entonces, si todo esto es así y lo único que existe es el presente eterno, al reconocernos como individuos no-eternos, es decir como fenómenos individuales de la voluntad, irremediablemente terminamos preguntándonos por nuestra finitud en ese presente eterno, esto es por la muerte.
    Schopenhauer afirma que lo que tememos de la muerte es la destrucción del individuo, del “yo” y puesto que somos voluntad de vivir, es natural que todo nuestro ser se rebele ante la idea de morir. No obstante ese sentimiento de horror hacia la muerte puede ser dominado por la reflexión de un conocimiento filosófico acerca de la esencia del mundo (un conocimiento de la voluntad)[7]“Un hombre, en fin, que tuviese bastante amor a la vida para pagar sus goces con los cuidados y tormentos a que está sujeta, descansaría con sólida planta sobre el firme suelo de la eterna máquina redonda, y no tendría nada que temer.”[8]
    Sin embargo Schopenhauer trata en una de las partes finales del libro IV, las cuestiones referentes al suicidio afirmando que es el único acto humano verdaderamente libre y que no obstante el acto de quitarse la vida no niega la vida misma sino sólo las condiciones particulares de la misma. Que el suicidio no afecta en lo más mínimo a la voluntad sino sólo al individuo. Agrega que la libertad no pertenece más que a la voluntad como cosa en sí y no como fenómeno.
    Por último, al final del libro IV abre la cuestión de la nada y de cómo dicha idea nos viene por medio de que consideramos existente y real únicamente el mundo de la representación, es decir aquello que tiene la propiedad de estar en un tiempo, en un espacio y en una causalidad. Cuando algo pierde dichas propiedades decimos que se ha perdido en la nada.
    El problema es que si nosotros somos voluntad (siempre de vivir) y al mismo tiempo somos un fenómeno de dicha voluntad, lo que nos corresponde es el conocimiento de nuestra realidad actual, es decir del mundo como representación (conocimiento positivo) y no del mundo como la nada (conocimiento negativo).
    Entonces, la voluntad se manifiesta en nosotros a través de deseos, quereres o motivos, por medio de esa angustia/dolor incesablemente necesario que siempre queremos superar y que sin embargo nunca lo logramos. Dichas manifestaciones únicamente han sido superadas por hombres santos en quienes la voluntad se reconoce a sí misma y renuncia libremente a sí misma, quedando únicamente conocimiento. No obstante ese conocimiento que va más allá de la voluntad es un conocimiento de la nada. “lo reconocemos abiertamente, lo que queda después de la supresión de la voluntad para aquellos a quienes la voluntad anima todavía no es más que la nada efectivamente.”[9]



[1] Schopenhauer, Arthur, “El mundo como voluntad y representación”, [trad. La España moderna], Mestas, Madrid, 2001, p. 276.
[2] Ídem.
[3] Vid., ibíd., p. 277.
[4] Ibíd., p. 279.
[5] Ibíd., p. 280.
[6] Ibíd., p. 283.
[7] Vid., ibíd., p. 287.
[8] Ibíd., p. 288
[9] Ibíd., p. 410.

¿Polis?

¿Polis?

Estaba pensando hace algunos días sobre el desempleo en el país. Sucede que la mayoría de los habitantes supone que conseguir un título universitario facilita el proceso de búsqueda y obtención de trabajo. Parece que terminar una carrera universitaria garantiza una mejor calidad de vida y una mayor cantidad de ingresos, así como una estabilidad personal y social.
Cada vez hay más aspirantes para ingresar a la educación media superior o superior, cada vez hay más carreras demandadas, cada vez hay más egresados —ni siquiera creo que estén todos satisfechos con la carrera elegida o que estos egresados sean todos igualmente capaces de desempeñar alguna función en su rama— y también cada vez hay menos puestos disponibles. Sucede que las empresas escogen siempre al que parece “el mejor” de entre las masas: ya sea el que maneja algún o algunos idiomas, el que tiene mejor presentación, el que tiene mayor facilidad de palabra, el que tiene horarios disponibles… Tal vez hasta prefieren al que parece que pedirá o se quejará menos.
Siendo el campo de empleo reducido para los jóvenes egresados, muchos de ellos terminan laborando en algún puesto que ni siquiera tiene relación con lo estudiado. Y no se diga de los que tuvieron (tuvimos) la idea de estudiar alguna carrera “innecesaria”. Esas a las que se va a hacer nada. Y claro, el problema de estas carreras es que no te enseñan a ser una máquina obrera, sino a tomar conciencia de tu condición humana. Pero, ese es ya otro tema.
El problema es que nos han vendido la idea —y la compramos— de que el universitario será siempre mejor que alguna persona poco instruida. Que el “Licenciado” es el que sabe y los demás son sus súbditos. Que ser técnico es malo y que sólo estudian carreras técnicas los que son poco inteligentes, tienen necesidad de trabajar rápido o conformistas. Y algunos otros, que corren con mejor “suerte” y obtienen el trabajo, terminan siendo profesionistas frustrados o inconformes con el ambiente laboral al que pertenecen. No son felices ni de una ni de otra forma.
No sé qué pensaría Platón al observar esta “sociedad” que intenta hacer a todos los ciudadanos buenos para sólo una cosa, abandonando los demás puntos importantes para el buen funcionamiento de este organismo vivo llamado la sociedad. No olvidemos que en la República, se plantea una manera adecuada (y tristemente utópica) para la conducción de una polis. En ella, cada habitante hará lo que le toca por naturaleza, me refiero a que cada persona tiene tendencias naturales hacia algo. Cuando un individuo realice eso que tiene marcado por naturaleza en lo que es bueno, será un bien para él.  
Para esto, es necesario que se tenga especial interés en cada uno de los habitantes: “todo gobierno, en cuanto gobierno, no considera el bien  sino de aquello que es gobernado y atendido por él.” 344c El gobierno no deberá pensar en su beneficio ya que su felicidad está depositada en la felicidad de cada uno de sus habitantes, causando un crecimiento colectivo. Así, el gobernante habrá de descubrir las capacidades de casa uno y propiciarlas. Lo más importante para esto es la educación y la instrucción, ya que éstas producen buenas naturalezas (424a).
Siendo cada habitante feliz, tendremos una polis feliz y justa, ya que según Platón en 433b, justicia es el hacer cada uno lo suyo, esto entendido como la posesión y la práctica de lo que a cada uno es propio. Obviamente, cada ciudadano, al ser por naturaleza en cada cosa, será valorado y respetado por los demás y nunca humillado por practicar alguna actividad, dado que gracias al trabajo individual se da el buen funcionamiento de los engranes sociales.

Si se entendiera esto, habría menos discriminación hacia labores que necesitan “menos instrucción” y entenderíamos que cada quien es importante en su papel, entonces, habría mayor apertura a trabajos ciertamente necesarios y poco valorados. Creo en Platón cuando concede una mayor felicidad obtenida por los individuos al hacer lo que les gusta. Y, por supuesto, habría un interés de ver qué es lo que sabe hacer cada quien y con base en esto, ayudar el estado mismo a instruir al individuo para pulir sus capacidades naturales, logrando que sepa hacer lo suyo y además, que lo haga bien.

Ixchelt Hernández 

domingo, 16 de marzo de 2014

Celebremos a los seres tiernos y delicados.

Esto es con motivo del Día de la Mujer. Sinceramente soy pésima para recordar este tipo de fechas conmemorativas, así que no hablé al respecto de esto la anterior semana.

Partiré desde mi opinión hacia este día: es una patraña. Para comenzar, el mito de que la fecha se debe al incendio de una fábrica donde murieron cientos de trabajadoras, es falso. No sucedió en ese día, 8 de marzo de 1908 y más bien tiene que ver con las celebraciones estadounidenses para la mujer.
Ahora bien, esto no disminuye la tragedia de este hecho pero ciertamente la mitificación de esta celebración es interesante.

¿Qué celebra la gente este día? Lo que vimos en las redes sociales: el ser delicado, amoroso, valiente, cabrón porque puede todo sola, que da la vida.
¿No será que solamente alabamos a los estereotipos de género? La mujer que no encaja en esa descripción se ve relegada. ¿Qué hay de la mujer que no quiere ser madre? ¿De aquélla que no se queja cada cinco minutos de los hombres y que no los ve como un sexo opuesto, sino como seres humanos llanamente? ¿De aquélla que no se centra con fiereza en su vida profesional para verse aguerrida en un mundo dominado por los hombres? ¿Que no se siente la cosa más grandiosa por hacer las mismas cosas que los hombres pero subida en tacones? ¡Gran logro, eh!
La gente sigue apreciando a la humanidad de manera dividida: en penes y vaginas. La distinción es básica y por tener uno u otra ya somos parte de mundos distintos, según esto.
Seguramente estoy en contra de la discriminación en la misma medida que me fastidian las cursilerías de género. El Día de la Mujer ni siquiera está entendido desde un feminismo crítico, positivo; las mujeres se dedican a decir que son lo mejor de la creación y los hombres a enmielar las cualidades de la mujer abstracta, perfecta y cuasi divina. 
Sabemos que, efectivamente, el papel de la mujer en el mundo aún no es igualitario al del hombre. Pero lograr este equilibrio no se dará exaltando cada año al género oprimido, sino cada día pensarnos como seres humanos que tienen características fisiológicas distintas y que a final de cuentas la distinción hombre-mujer solamente es real en este ámbito.
Que la mujer no es la única que da vida, ni el hombre es el único protector, proveedor del hogar ni el único capaz de llevar a cabo cualquier labor. Todos tenemos la posibilidad de todo en nosotros, y deshacernos de los prejuicios de género es un paso esencial para que nuestra vida sea realmente libre.

Valencia.

sábado, 15 de marzo de 2014

Rosario

Rosario

¿Sabes qué se siente morir? Lo recuerdo, me paseaba entre sollozos, llanto, gritos ahogados, rezos incomprendidos, velas que ardían, flores inicuas, desconcierto, café frío; andaba con estos pies que antes dolían, con un sobrante de miedo, pues seguido viene cuando no estás conmigo. Lágrimas alrededor de mí y en mi nombre, no supe jamás el motivo por el cual me condolían pues todo era mejor así, todo y nada por igual. Recordaba vagamente lo que sufrí aquel julio 9, en esa helada cama de hospital, con mi fuerte madre al lado que siempre me sonreía, siempre que yo la estaba observando, siempre creyente, siempre atenta conmigo, siempre rezando hasta en suspiros, siempre hablándome al oído para que la soledad no viniera y se fuera con aquella que la esperaba en la cama de junto. Ah, esa hermosa mujer que lloraba a oscuras o en ese pasillo, ella que se limpiaba las lágrimas rapidísimo, ella con la cabeza siempre viendo al cielo y con un orgullo admirable aunque a veces nocivo.
No sé bien cómo llegué aquí, pero estoy parada en una habitación repleta de gentes, algunas conocidas y otras indeseables, todas se conmueven aunque sea por compromiso, observo allá, a lo lejos a mis hijos, a aquél hombre que tanto quise, a aquella mujer antes descrita, todos como idos. Respiro la nostalgia que de ellos brota, siento necesidad de que me vean una última vez, de reflejarme en sus ojos y decirles que todo estará bien pero debí haberlo hecho meses antes, ahora es tarde.
Sigo inspeccionando esa habitación, encuentro vasos vacíos, galletas a medio comer y uno que otro perdido pues debería estar velando al otro muerto que habita en la puerta de junto más está aquí conmigo. Hay también otros muchos que vinieron aquí sólo para saciar su hambre pues no se separan de los bocadillos que una amiga trajo para hacer un poco más llevadero este momento, pues, ya ves lo que dicen: “Las penas con pan son menos”, ellos muy apenados no se veían pero bueno…

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Le llamó la abuela muy temprano a papá, con una franca tristeza que se percibía en la voz, esa voz quebrada que es augurio de malas noticias. Él de inmediato lo supo, no era necesario pensar demasiado, sabía que la vida no duraría para siempre, sabía también que debía actuar por lo menos ese día un poco amable como agradecimiento tardío hacia aquella mujer que le brindó sus pensamientos, que se olvidó de ella misma para darle lugar a él, que se entregó en todo momento a sus lacerantes caricias. Él me marcó en seguida, y claro, no es presunción, pero yo lo supe desde antes de que el celular sonara con desesperación.
Yo había pasado una noche muy difícil, Carlos abarcaba mi mente, ese regordete niño más dulce que la miel, ese pequeñito me daba pesar. No podía dejar de pensar en lo que haríamos cuando nos faltase mamá, en qué debía hacer para aliviar un poco el mal que sufriríamos (a mi parecer) prontamente. Pensaba también en su corazón y en ese sentimentalismo que lo caracteriza, esa nobleza que es más grande que él, todas sus virtudes, todos mis defectos solos, frente al mundo. Pensé por largas e interminables horas en nosotros, en el futuro que perpetuamente es incierto. Tenía miedo, aún lo tengo. Sonó a las cinco con quince de la mañana, aún tengo registrada aquella llamada que amordazó mi corazón, contesté enseguida con un temblor en las manos, era papá llorando como niño: -“Prepárate paso por ti como en una hora, tu madre…”- no tuvo que decir más. Colgué, corrí al baño, no recuerdo lo siguiente, llegó y se lanzó a mis brazos como un pequeño que busca asilo en alguna mujer estéril. Gotas y gotas salieron de sus ojos, yo no podía… Huimos.
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Vi a esa mujer que me amó tendida en la cama, respirando artificialmente, ella que me aguantó hasta en los días buenos, ella que me esperó siempre que no llegué, ella que me daba su aliento cuando no había oxígeno disponible para mí. Ella que se me dio toda como un manjar, ella que me abrió no sólo el alma, ella capaz de sacarse el corazón y regalármelo si yo hubiese necesitado algún trasplante eventualmente. Corrí a abrazarla con la desesperación que un perro busca a su amo al sentirse perdido, me aferré a ella después de que mi hija le había dicho algunas cosas en silencio, me prendí de nuestros recuerdos y sentí el amor que escurría por sus poros, el amor que siempre fue mío. Le dije no sé qué cosas, prefiero dejarlas al olvido y cesó su respirar tan cansado como vacío. Murió entre mis brazos y con el frío. Julio 9 no se olvida, eso está más que visto.
Amor debió haber sido su nombre pues eso era, amor. Nunca “mi amor” pues, en esa relación, ella fue la única que quiso.
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Llegamos tarde a Ixtepec, ya nos esperaban. La carrosa se nos descompuso en Tinajas, a media noche entre el monte; mi nieta, mi hermosa hija muerta, el pobre conductor y yo (¡valiente equipo!). Nos quedamos ahí por horas, vimos el anochecer juntas una vez más, aunque con el intruso chofer, estuvimos cercanos hasta la madrugada. Llegó de no sé dónde una grúa que nos llevó hasta el siguiente pueblo debajo de los chorros de agua, donde había otra funeraria, contraté otro carro para llegar a nuestro destino,- ¡hasta morirse sale caro!-.
Llegamos muy retrasados, entramos y salimos, la misa estaba próxima. La cargaron sus amigos de la infancia, ese hombre que no la quiso, su hermano, sus tíos, ella fue amada hasta el domingo. Caminamos bajo el sol vestidos de negro con el olvido bien puesto y los bolsillos vacíos, escuchamos misa, no recuerdo lo dicho por el padre. Luego, hacia el panteón con toda esa gente que me seguía muy de cerca pero no tanto como mi dolor, arribamos con los pies a cuestas y el miedo perdido, desolados, extraviados sin su candor ni brillo, sin la luz que emanaba de sus grandes ojos, íbamos todos a darle final a su historia, la que nos hizo soñar de verdad.
El panteón repleto, no precisamente de personas que fueron a visitar a sus cadáveres, sino gentes que llevan uno nuevo. Me dolió como nunca, el dolor más grande que jamás sentí, espero, por cierto, morir antes que alguno otro, pero como Dios no cumple caprichos, espero sentada a que la muerte me toque. Se aseguró la tapa de la caja como si nunca la quisieran ver de nuevo, la cargaron de nuevo, como a una reina hasta el hoyo en que su cuerpo descansaría. Me dije con un tono no peculiar: -“Ahora no se quejará más por despertarse temprano para ir a trabajar”- en un afán de darle un poco de color a mi día, me salió todo contrario. La metieron ahí, le echaron polvo, piedras encima, algunas rosas para disimular el olor de muerto que despediría luego de unas jornadas sin la luz del día. Ah, y yo le eché también algunas lágrimas que llevaban el dolor maternal hasta donde principia la vida. Milagrosamente no me eché con ella a ese hueco en la tierra. La dejamos ahí, sola, mientras  el sol se ponía. Nos marchamos con el alma en una mano y en la otra la agonía, recuerdo tan bien ese día.
Rosario fue enterrada el 11 de julio, después de pasear desde el DF hasta Ixtepec, Oaxaca, de la cama de un hospital a un agujero terrestre. Y me repito incesantemente en mi cabeza, cada que despierto y también cuando me levanto lo que dijo alguna vez en buen García Márquez: “La muerte no llega con la vejez, sino con el olvido.” Hasta luego mi pequeña Rosario.
Ixchelt Hernández