sábado, 15 de marzo de 2014

Rosario

Rosario

¿Sabes qué se siente morir? Lo recuerdo, me paseaba entre sollozos, llanto, gritos ahogados, rezos incomprendidos, velas que ardían, flores inicuas, desconcierto, café frío; andaba con estos pies que antes dolían, con un sobrante de miedo, pues seguido viene cuando no estás conmigo. Lágrimas alrededor de mí y en mi nombre, no supe jamás el motivo por el cual me condolían pues todo era mejor así, todo y nada por igual. Recordaba vagamente lo que sufrí aquel julio 9, en esa helada cama de hospital, con mi fuerte madre al lado que siempre me sonreía, siempre que yo la estaba observando, siempre creyente, siempre atenta conmigo, siempre rezando hasta en suspiros, siempre hablándome al oído para que la soledad no viniera y se fuera con aquella que la esperaba en la cama de junto. Ah, esa hermosa mujer que lloraba a oscuras o en ese pasillo, ella que se limpiaba las lágrimas rapidísimo, ella con la cabeza siempre viendo al cielo y con un orgullo admirable aunque a veces nocivo.
No sé bien cómo llegué aquí, pero estoy parada en una habitación repleta de gentes, algunas conocidas y otras indeseables, todas se conmueven aunque sea por compromiso, observo allá, a lo lejos a mis hijos, a aquél hombre que tanto quise, a aquella mujer antes descrita, todos como idos. Respiro la nostalgia que de ellos brota, siento necesidad de que me vean una última vez, de reflejarme en sus ojos y decirles que todo estará bien pero debí haberlo hecho meses antes, ahora es tarde.
Sigo inspeccionando esa habitación, encuentro vasos vacíos, galletas a medio comer y uno que otro perdido pues debería estar velando al otro muerto que habita en la puerta de junto más está aquí conmigo. Hay también otros muchos que vinieron aquí sólo para saciar su hambre pues no se separan de los bocadillos que una amiga trajo para hacer un poco más llevadero este momento, pues, ya ves lo que dicen: “Las penas con pan son menos”, ellos muy apenados no se veían pero bueno…

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Le llamó la abuela muy temprano a papá, con una franca tristeza que se percibía en la voz, esa voz quebrada que es augurio de malas noticias. Él de inmediato lo supo, no era necesario pensar demasiado, sabía que la vida no duraría para siempre, sabía también que debía actuar por lo menos ese día un poco amable como agradecimiento tardío hacia aquella mujer que le brindó sus pensamientos, que se olvidó de ella misma para darle lugar a él, que se entregó en todo momento a sus lacerantes caricias. Él me marcó en seguida, y claro, no es presunción, pero yo lo supe desde antes de que el celular sonara con desesperación.
Yo había pasado una noche muy difícil, Carlos abarcaba mi mente, ese regordete niño más dulce que la miel, ese pequeñito me daba pesar. No podía dejar de pensar en lo que haríamos cuando nos faltase mamá, en qué debía hacer para aliviar un poco el mal que sufriríamos (a mi parecer) prontamente. Pensaba también en su corazón y en ese sentimentalismo que lo caracteriza, esa nobleza que es más grande que él, todas sus virtudes, todos mis defectos solos, frente al mundo. Pensé por largas e interminables horas en nosotros, en el futuro que perpetuamente es incierto. Tenía miedo, aún lo tengo. Sonó a las cinco con quince de la mañana, aún tengo registrada aquella llamada que amordazó mi corazón, contesté enseguida con un temblor en las manos, era papá llorando como niño: -“Prepárate paso por ti como en una hora, tu madre…”- no tuvo que decir más. Colgué, corrí al baño, no recuerdo lo siguiente, llegó y se lanzó a mis brazos como un pequeño que busca asilo en alguna mujer estéril. Gotas y gotas salieron de sus ojos, yo no podía… Huimos.
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Vi a esa mujer que me amó tendida en la cama, respirando artificialmente, ella que me aguantó hasta en los días buenos, ella que me esperó siempre que no llegué, ella que me daba su aliento cuando no había oxígeno disponible para mí. Ella que se me dio toda como un manjar, ella que me abrió no sólo el alma, ella capaz de sacarse el corazón y regalármelo si yo hubiese necesitado algún trasplante eventualmente. Corrí a abrazarla con la desesperación que un perro busca a su amo al sentirse perdido, me aferré a ella después de que mi hija le había dicho algunas cosas en silencio, me prendí de nuestros recuerdos y sentí el amor que escurría por sus poros, el amor que siempre fue mío. Le dije no sé qué cosas, prefiero dejarlas al olvido y cesó su respirar tan cansado como vacío. Murió entre mis brazos y con el frío. Julio 9 no se olvida, eso está más que visto.
Amor debió haber sido su nombre pues eso era, amor. Nunca “mi amor” pues, en esa relación, ella fue la única que quiso.
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Llegamos tarde a Ixtepec, ya nos esperaban. La carrosa se nos descompuso en Tinajas, a media noche entre el monte; mi nieta, mi hermosa hija muerta, el pobre conductor y yo (¡valiente equipo!). Nos quedamos ahí por horas, vimos el anochecer juntas una vez más, aunque con el intruso chofer, estuvimos cercanos hasta la madrugada. Llegó de no sé dónde una grúa que nos llevó hasta el siguiente pueblo debajo de los chorros de agua, donde había otra funeraria, contraté otro carro para llegar a nuestro destino,- ¡hasta morirse sale caro!-.
Llegamos muy retrasados, entramos y salimos, la misa estaba próxima. La cargaron sus amigos de la infancia, ese hombre que no la quiso, su hermano, sus tíos, ella fue amada hasta el domingo. Caminamos bajo el sol vestidos de negro con el olvido bien puesto y los bolsillos vacíos, escuchamos misa, no recuerdo lo dicho por el padre. Luego, hacia el panteón con toda esa gente que me seguía muy de cerca pero no tanto como mi dolor, arribamos con los pies a cuestas y el miedo perdido, desolados, extraviados sin su candor ni brillo, sin la luz que emanaba de sus grandes ojos, íbamos todos a darle final a su historia, la que nos hizo soñar de verdad.
El panteón repleto, no precisamente de personas que fueron a visitar a sus cadáveres, sino gentes que llevan uno nuevo. Me dolió como nunca, el dolor más grande que jamás sentí, espero, por cierto, morir antes que alguno otro, pero como Dios no cumple caprichos, espero sentada a que la muerte me toque. Se aseguró la tapa de la caja como si nunca la quisieran ver de nuevo, la cargaron de nuevo, como a una reina hasta el hoyo en que su cuerpo descansaría. Me dije con un tono no peculiar: -“Ahora no se quejará más por despertarse temprano para ir a trabajar”- en un afán de darle un poco de color a mi día, me salió todo contrario. La metieron ahí, le echaron polvo, piedras encima, algunas rosas para disimular el olor de muerto que despediría luego de unas jornadas sin la luz del día. Ah, y yo le eché también algunas lágrimas que llevaban el dolor maternal hasta donde principia la vida. Milagrosamente no me eché con ella a ese hueco en la tierra. La dejamos ahí, sola, mientras  el sol se ponía. Nos marchamos con el alma en una mano y en la otra la agonía, recuerdo tan bien ese día.
Rosario fue enterrada el 11 de julio, después de pasear desde el DF hasta Ixtepec, Oaxaca, de la cama de un hospital a un agujero terrestre. Y me repito incesantemente en mi cabeza, cada que despierto y también cuando me levanto lo que dijo alguna vez en buen García Márquez: “La muerte no llega con la vejez, sino con el olvido.” Hasta luego mi pequeña Rosario.
Ixchelt Hernández

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