domingo, 11 de diciembre de 2016

Quiero emborracharme

Hoy quiero emborracharme hasta perder la noción de las experiencias. Sé perfectamente que mi vejez me indica que el tiempo ha pasado, pero me volví a romper. Palabras que unidas significaron mis pensamientos rotos, mi corazón palpitando rápido: hasta me sudan las manos mientras escribo. Me dan ganas de gritar, de patear algo o a alguien: pero sé que sólo quiero emborracharme, como hace mucho que no lo hago: consciente de cada trago, consciente de mi aliento, consciente de mi propia vergüenza, consciente de que sentir jamás me ha gustado desde que comencé a razonar de manera más o menos interesante. 
 "Placer"; "Hasta hoy": yo sé que pensaste en mí. Di pena. Tal vez la doy. 
 Ha sobrado ginebra y la bebo así: beso en la boca de la botella, como antes, como cuando una semana me estuve refrescando y calentando con el licor. Diciembre siempre ha sido para saberme más mortal que nunca, para saber que, como dice el filósofo mexicano Oliveira: hay sentimientos que son como vértebras. 
 Mi lectura sobre el sabernos seres morales por cuestiones básicamente biológicas y mi duda de cada año respecto si el Estado debe asistir a las personas religiosas en sus cosas se desvanecieron, y yo, yo vuelvo a besar la botella de ginebra. 
 Siento experiencias perdidas de juventud. ¿Y cómo sé que hace un rato no desperdicio? ¿Cómo sé que ahora mismo no lo hago? Pinche ciencia: eres tan exacta -es un decir, el principio de Heinsenberg nos deja claro que no es así-, muestras explicaciones pero nunca podrás con el sentido de la vida ni con asuntos morales. Eso es para la filosofía, y la pelea contra los continentales para que nunca les hagan caso, siempre voy a querer tener: algo tan placentero como rebatir argumentos no debe ignorarse sólo porque los que dicen cosas raras son más famosos que nosotros. 
 Dame otro beso, ginebra. No me besa, pero eso no es problema: a diferencia de este dolor, ella no ha presumido de mi estupidez durante años: y puedo tomar de ella. 
 Yo sé que te herirán, mañana le rezaré a la Virgen de Guadalupe para que eso pase. Total, si le hace caso a los drogadictos, delincuentes, ¿cómo no podrá hacerle caso a un borracho?
 Queda poca ginebra. Mi estómago se queja, pero no voy a vacilar. Es la historia de este tipo de soldados: las heridas de guerra andan por ahí, pero nunca podemos abandonar una batalla.
 Puta. Putas tú y la virgen de Guadalupe: realmente me causan algo extraño los creyentes: esa cosa jamás existió, es muy fácil teñir más oscura la piel de alguien sagrado para ganarte a la gente.
 Me he quedado sin armamento en tanto que palabras. La ginebra me dio su último beso. Subo el volumen de la música porque los cohetes de los religiosos me parecen insoportables. 
 Parece que en la ocasión en la cual me permito abrir lo que aún queda en el corazón se me ignora de una manera bonita, se me ignora según lo que yo creo que es ignorar. Sé bien que nadie nunca te va a satisfacer, o al menos eso llego a creer de mí. Y cuando lo creo, no me creen. 
 Continúa presumiendo: porque mañana voy a rezar. Es mentira, pero sé el curso de las cosas, y muchas vidas siempre me han resultado predecibles: tú no eres excepción. 

M. Téllez.

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