Pensar que cosas como la Verdad
deben tener un origen propio y no uno derivado, que su origen es la cosa en sí,
es el signo característico de los metafísicos de todos los tiempos. Quizás el
valor de la verdad se debe únicamente a estar emparentada con los falso y lo
malo.
La consciencia no es la antítesis
de lo instintivo, de hecho afirma que la mayor parte del pensar consciente está
guiada de un modo secreto por sus instintos y es forzada por los mismos a tomar
ciertos caminos. Para Nietzsche el hombre de hoy es como es, porque ha otorgado
una valoración más alta a lo determinado que a lo indeterminado, a la verdad
que a la apariencia, sin embargo dicha valoración, es algo que simplemente
hemos dado por hecho y parece que si en realidad estas cosas tienen tal valor
debemos replantear las cosas para verificarlo, suponiendo que sea posible
alcanzar juicios objetivos y que el hombre no sea medida de todas las cosas.
También hay que replantear la
valoración que le hemos dado a los juicios falsos, considerando qué tanto
favorecen y permiten la vida, me parece que Nietzsche se refiere aquí a lo
falso como a lo engañoso, más específicamente al “mundo puramente inventado de lo incondicionado”[1].
“Admitir
que la no-verdad es condición de la vida: esto significa, desde luego,
enfrentarse de modo peligroso a los sentimientos de valor habituales; y una
filosofía que osa hacer esto, ya sólo con ello, más allá del bien y del mal.”[2]
Nietzsche acusa a los filósofos
de faltos de honestidad y de sofistas, muy alejados de admitir que lo que
llaman verdades son en realidad ocurrencias inspiradas en un deseo íntimo que
defienden con razones rebuscadas posteriormente, esos deseos íntimos son en
realidad instintos y “a cada uno de ellos
le gustaría presentarse justo así mismo como finalidad última de la existencia
y como legítimo señor de todos los demás instintos. Pues todo instinto
ambiciona dominar: y en cuanto tal intenta filosofar.”[3]
Un filósofo, al hacer filosofía
en realidad está dando un testimonio de quién es él, su moral le proporciona un
orden jerárquico en el cual se encuentran sus instintos, sin embargo se niega a
reconocer que en su obra están entrelazados los mismos. El problema es que
también quiere inscribirle a la naturaleza una moralidad, queriendo crear el
mundo Verdadero a su imagen y semejanza. Nietzsche caracteriza a la filosofía
como “ese instinto tiránico mismo, la más
espiritual voluntad de poder, de crear el mundo, de ser causa primera.”[4]
Nietzsche niega el instinto de
auto conservación como el instinto básico de todo ser vivo y afirma que sólo es
una consecuencia de la “voluntad de poder” que es aquél deseo que poseen los
vivientes de dar rienda suelta al curso de su energía vital, es decir, que un
ser viviente desea más el desarrollar sus potencialidades para la vida que la
vida misma. Lo que me parece que está diciendo es que la voluntad de poder, no
es una voluntad libre, sino que está regida en lo más profundo por los
instintos. [5]
“Y así como hemos de admitir que
el sentir, y desde luego un sentir múltiple, es un ingrediente de la voluntad,
así debemos admitir también, en segundo término, el pensar: en todo acto de
voluntad hay un pensamiento que manda; - ¡y no se crea que es posible separar
ese pensamiento de la «volición», como si entonces ya sólo quedase voluntad! En
tercer término, la voluntad no es sólo un complejo de sentir y pensar, sino
sobre todo, además, un afecto: y, desde luego, el mencionado afecto del mando.”[6]
Establece que en una misma
volición actúan dos partes, la que manda y la que obedece, y como ambas parte
somos nosotros, tendemos a olvidar engañosamente esa dualidad gracias al
concepto “yo”, en suma el hombre cree con seguridad que voluntad y acción son
de algún modo una sola cosa.
Nietzsche agrega también una
crítica a la causa sui, es decir la
causa de sí mismo, calificándola de la mejor auto contradicción excogitada en
términos de causa y efecto, pues según él no hay “en sí” lazos causales, ni
necesidad, ni ley alguna, sino que nosotros somos los únicos que hemos inventado
las causas, la sucesión, la reciprocidad, la relatividad, el número, etc. Y
añade que: “debemos servirnos de la causa
y del efecto nada más que como de conceptos puros, es decir, ficciones
convencionales, con fines de designación, de entendimiento, pero no de
explicación.”[7]
M.J.R.M.
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