jueves, 6 de febrero de 2014

Más allá del bien y del mal.- De los prejuicios de los filósofos.


 En este texto, Nietzsche se pregunta por la causa del desear saber la verdad, pero no niega que el humano desee saber, el problema que plantea es ¿por qué la verdad tiene más valor que la no-verdad o la ignorancia, en dónde radica el valor de la verdad? Afirma que responder esa pregunta conlleva un gran riesgo, el de desbaratar la humanidad tal y como la hemos construido hasta ahora.
Pensar que cosas como la Verdad deben tener un origen propio y no uno derivado, que su origen es la cosa en sí, es el signo característico de los metafísicos de todos los tiempos. Quizás el valor de la verdad se debe únicamente a estar emparentada con los falso y lo malo.
La consciencia no es la antítesis de lo instintivo, de hecho afirma que la mayor parte del pensar consciente está guiada de un modo secreto por sus instintos y es forzada por los mismos a tomar ciertos caminos. Para Nietzsche el hombre de hoy es como es, porque ha otorgado una valoración más alta a lo determinado que a lo indeterminado, a la verdad que a la apariencia, sin embargo dicha valoración, es algo que simplemente hemos dado por hecho y parece que si en realidad estas cosas tienen tal valor debemos replantear las cosas para verificarlo, suponiendo que sea posible alcanzar juicios objetivos y que el hombre no sea medida de todas las cosas.
También hay que replantear la valoración que le hemos dado a los juicios falsos, considerando qué tanto favorecen y permiten la vida, me parece que Nietzsche se refiere aquí a lo falso como a lo engañoso, más específicamente al “mundo puramente inventado de lo incondicionado”[1].
 “Admitir que la no-verdad es condición de la vida: esto significa, desde luego, enfrentarse de modo peligroso a los sentimientos de valor habituales; y una filosofía que osa hacer esto, ya sólo con ello, más allá del bien y del mal.”[2]
Nietzsche acusa a los filósofos de faltos de honestidad y de sofistas, muy alejados de admitir que lo que llaman verdades son en realidad ocurrencias inspiradas en un deseo íntimo que defienden con razones rebuscadas posteriormente, esos deseos íntimos son en realidad instintos y “a cada uno de ellos le gustaría presentarse justo así mismo como finalidad última de la existencia y como legítimo señor de todos los demás instintos. Pues todo instinto ambiciona dominar: y en cuanto tal intenta filosofar.”[3]
Un filósofo, al hacer filosofía en realidad está dando un testimonio de quién es él, su moral le proporciona un orden jerárquico en el cual se encuentran sus instintos, sin embargo se niega a reconocer que en su obra están entrelazados los mismos. El problema es que también quiere inscribirle a la naturaleza una moralidad, queriendo crear el mundo Verdadero a su imagen y semejanza. Nietzsche caracteriza a la filosofía como “ese instinto tiránico mismo, la más espiritual voluntad de poder, de crear el mundo, de ser causa primera.”[4]
Nietzsche niega el instinto de auto conservación como el instinto básico de todo ser vivo y afirma que sólo es una consecuencia de la “voluntad de poder” que es aquél deseo que poseen los vivientes de dar rienda suelta al curso de su energía vital, es decir, que un ser viviente desea más el desarrollar sus potencialidades para la vida que la vida misma. Lo que me parece que está diciendo es que la voluntad de poder, no es una voluntad libre, sino que está regida en lo más profundo por los instintos. [5]
 “Y así como hemos de admitir que el sentir, y desde luego un sentir múltiple, es un ingrediente de la voluntad, así debemos admitir también, en segundo término, el pensar: en todo acto de voluntad hay un pensamiento que manda; - ¡y no se crea que es posible separar ese pensamiento de la «volición», como si entonces ya sólo quedase voluntad! En tercer término, la voluntad no es sólo un complejo de sentir y pensar, sino sobre todo, además, un afecto: y, desde luego, el mencionado afecto del mando.”[6]
Establece que en una misma volición actúan dos partes, la que manda y la que obedece, y como ambas parte somos nosotros, tendemos a olvidar engañosamente esa dualidad gracias al concepto “yo”, en suma el hombre cree con seguridad que voluntad y acción son de algún modo una sola cosa.
Nietzsche agrega también una crítica a la causa sui, es decir la causa de sí mismo, calificándola de la mejor auto contradicción excogitada en términos de causa y efecto, pues según él no hay “en sí” lazos causales, ni necesidad, ni ley alguna, sino que nosotros somos los únicos que hemos inventado las causas, la sucesión, la reciprocidad, la relatividad, el número, etc. Y añade que: “debemos servirnos de la causa y del efecto nada más que como de conceptos puros, es decir, ficciones convencionales, con fines de designación, de entendimiento, pero no de explicación.”[7]

M.J.R.M.



[1] Nietzsche,”De los prejuicios de los filósofos” en Más allá del bien y el mal, [trad. de A. Sánchez Pascual], Alianza, Madrid, 2007,p. 26.
[2] Idem.
[3] Ibíd., p.28.
[4] Ibíd., p.31.
[5] Vid., Ibíd., p. 41.
[6] Ibíd., p. 42.
[7] Ibíd., p. 46.

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