sábado, 11 de enero de 2014

Divagaciones de café

Divagaciones de café

Ayer salí con uno de mis mejores amigos a tomar café (práctica que se ha vuelto ya muy nuestra), nos pusimos al corriente en lo que aconteció durante el período que no nos habíamos visto. Entre pláticas, tocamos el tema del noviazgo de otro amigo y tomamos eso como puerta de entrada a una noche llena de preguntas y posibles respuestas. Sucede que comenzamos a hablar sobre la infidelidad en el noviazgo e intentamos encontrar posibles respuestas para justificar nuestra postura ante esto. Al principio parecía que estábamos profundamente en desacuerdo pero después de buscar buenos argumentos para justificar esto, nos dimos cuenta de que en realidad no estábamos totalmente en desacuerdo pero tampoco a favor.
Todas los argumentos que se nos ocurrieron para desaprobar la infidelidad tendían a ser un tanto egoístas, es decir, nos parecía reprobable por sabernos expuestos a estar en la situación del que sale perjudicado. Al ponernos en su lugar, era sencillo sentir reprobación pero analizando esto, nos dimos cuenta de que la respuesta era sólo egoísta porque nos orillaba a tratar de no ser infieles para no dañar a terceros por el deseo de no ser dañados. Es decir, esa primera respuesta correspondía a aquella popular máxima: “No hagas lo que no quieres que te hagan.” Así, atendíamos al Espectador imparcial propuesto por Smith, es decir, ponerse en los zapatos del otro. Nos percatamos de que las leyes sólo “castigan” si hay infidelidad en el matrimonio porque en México se practica la monogamia pero, ¿qué hay con los 47 países en donde es legal la poligamia? ¿Están haciendo mal o no? Es decir, no están violando las reglas de su país…
Entonces, si nos regimos por el respeto a las Leyes, encontraríamos que la infidelidad en México es peor vista si se da en el matrimonio, parece ser que los noviazgos no se toman muy enserio. Así mismo, también es un factor importante la edad: parece ser que mientras más joven eres está mayormente justificado ser infiel. Entonces, la reprobación ante la “infidelidad” es algo meramente cultural o se justifica sólo si abandona el status de infidelidad (que la RAE define como: 1. adj. Falto de fidelidad ‹‹http://buscon.rae.es/drae/srv/search?val=infiel›› y fidelidad como: 1. f. Lealtad, observancia de la fe que alguien debe a otra persona. ‹‹http://lema.rae.es/drae/srv/search?id=G9z7g9cCxDXX2fkBY3cB››) para convertirse de una relación monógama a polígama.
Esto nos arrastró hacia otra dirección: ¿por qué somos amables con las personas? Nuestra respuesta fue igual a la anterior: “Porque si yo estuviera en los zapatos, me gustaría ser tratado bien. Trato bien para que me traten bien.” Aquí también se pretende conseguir el bien personal.
La misma pregunta surgió con respecto a la caridad y la respuesta fue similar: “Porque al ayudarlo, considero que estoy llevando a cabo un acto de redención.” “Tal vez para que otros vean que soy caritativo.” “Porque si yo estuviera en esa situación…” Y todo apuntando siempre a asegurar nuestro bienestar social, es decir que somos buenos con otros porque parece que queremos asegurar la aceptación social y el buen trato de aquellos para nosotros. Por esto es común que muchas personas cambien su forma de comportarse cuando están con diferentes personas aunque no considero que sea lo ideal.
Si hacemos caso a Hume diremos que la razón no nos sirve para nada en Ética sino los sentimientos. Al ser las pasiones las que mueven a los humanos y no la razón, la segunda será siempre esclava de la primera. Los que nos motivan a actuar son el placer y el dolor, por lo tanto, son las pasiones y no la razón las que nos motivan. La razón informa a las pasiones sobre si los objetos que persiguen existen y cuál es el camino más corto para conseguirlo pero ésta no puede juzgar o criticar a las pasiones ya que las pasiones son naturales. Los humanos, al ser agentes morales somos susceptibles de sentir aprobación o desaprobación.
Para Hume la moralidad es más algo que sentimos que algo que juzgamos. A través de los sentimientos morales podemos decir qué está bien y qué está mal. Sabremos dónde se encuentra el vicio sólo si aprobamos o no cierta acción desde nuestros sentimientos. Es una cuestión de hecho, es decir que se encuentra dentro de cada persona y no en el objeto, sin embargo, ninguna verdad de hecho puede proveer base para juicios morales. Entonces, parece imposible pasar del ser al deber ser, ya que como diría Hume al hacerlo estamos cayendo en una falacia.
Pero, al ser esta una postura subjetivista parece que en los seres humanos no hay alguna pasión por los intereses públicos, es que decir que no existe una pasión general y universal, ya que no amamos a toda la humanidad sino sólo a algunos particulares, los más próximos a nosotros. A pesar de esto, existe esta pasión  y es a través de la justicia que actúa para lograr el bien público: Sin reglas de justicia no habría estabilidad. Sin estabilidad no habría propiedad.
Así, se necesita de la justicia (que es la única virtud racional para Hume), a la que la seguimos porque somos conscientes del daño que nos causa que los demás no sigan las reglas. Pesa más un beneficio a largo plazo que logro al someterme a las reglas que un beneficio a corto placo logrado al romper las reglas. Y llegamos también a darnos cuenta de que este es un argumento egoísta.
Entonces, ahora la pregunta es: ¿es malo ser egoísta? De serlo, ¿por qué lo es? Y de no serlo, ¿por qué no lo es? ¿Hasta qué punto es bien visto socialmente ser egoísta? ¿Por qué el cristianismo ve mal ser egoísta?

Esto quedará pendiente para otra sesión de café con mi amigo Milton. Ya les estaré contando sobre las divagaciones que surjan en nuestras charlas de café.

Ixchelt Hernández

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